¿Por qué procrastinamos?
February 20th, 2012Todos dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy. ¿Pero cómo distinguir a la mera flojera de la postergación patológica?

Por Mauricio González Lara
Compromisos que no se cumplen, dietas que nunca inician, visitas al médico eternamente pospuestas, fechas de entrega en constante extensión de plazo. Todos, en mayor o menor medida, dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy. El arte de entretenerse en frivolidades para no ocuparse de lo importante ha alcanzado niveles de sofisticación insospechados. No hay escapatoria: aunque intente negarlo al principio, el grueso de las personas con acceso a una computadora o un smartphone terminará por aceptar el pecado de la distracción improductiva. Muchos, incluso, se autodenominarán “procrastinadores”, aunque sin saber a plenitud el alcance de lo que su implica su confesión.
La palabra procrastinación viene del latín pro, que significa “delante, a favor de”, y crastinus, que “significa del día de mañana”. Pero como bien señala el psicólogo Piers Steele, autor de Procrastinación (Grijalbo, 2011), el significado abarca muchísimo más que su definición literal. No se trata simplemente de dejar algo para más adelante –lo que finalmente ataría a la procrastinación con conceptos que irónicamente consideramos como virtudes: la prudencia, la paciencia, saber priorizar-, sino a sucumbir ante una práctica que bien podría arruinarnos la vida.
Desde que apareció por primera vez en inglés en el siglo XVI, el término “procrastinación” no se ha referido meramente a posponer algo, sino a hacerlo irracionalmente”; a cuando posponemos tareas de forma voluntaria pese a que nosotros mismos creemos que esa dilación nos perjudicará. Aclaración: no toda dilación es mala. Si un ejecutivo comercial decide retrasar hasta última hora una propuesta a sabiendas de que cuenta con sólidas razones para creer que el cliente que se la solicitó lo hizo a manera de trámite y no porque tuviera una intención real de contratación, entonces la demora resulta de lo más racional.
Posponer asuntos no redituables no es sólo lógico, sino deseable. El obseso que concluye cualquier tarea a la primera oportunidad puede ser tan disfuncional como el procrastinador que lo deja todo para el último. Ninguno de los dos planifica su tiempo con inteligencia. Cuando alguien procrastina, en cambio, sabe que actúa en contra de sus intereses, a veces de manera suicida.

La ruta de la procrastinación
Como bien describe Steele, no importa la ciudad ni la profesión, la ruta de la procrastinación casi siempre tiende a ser la misma.
Al principio de un trabajo, el tiempo abunda. Tras experimentar una sensación de alegría por haber cerrado el contrato o proyecto nos solazamos en la noción de que aún falta mucho para la fecha de entrega. Nos olvidamos por unos días del asunto, a sabiendas de que el calendario es nuestro amigo y aliado. Llega el día en que ya hay que poner manos a la obra. Falta algo. No nos sentimos entusiasmados. Optamos por dejar todo para un día en el que estemos totalmente concentrados. El reloj avanza. Para calmar la ansiedad, nos entregamos al puro entretenimiento: Twitter, Facebook, Youtube.

La tarea se asoma por la periferia de nuestra visión, pero no nos atrevemos a mirarla a la cara. Nos atrincheramos en la negación profunda. Redoblamos nuestra presencia en las redes sociales, pero ya sin goce, pues sabemos que el placer se torna en impotencia cuando somos incapaces de abandonarlo. Por fin se llega a un punto de inflexión. Es ahora o nunca. Comenzamos a trabajar. Las ideas saltan claras y precisas. Todo fluye. Si se corre con suerte, esta explosión bastará para concluir el proyecto a tiempo y salvar nuevamente la dignidad profesional; si los astros no se alinean, en cambio, esa energía inicial será insuficiente para llevar todo a buen puerto, y entregaremos un trabajo mediocre o fallido que dañará, una vez más, nuestra reputación entre clientes y colegas.
¿Por qué nos sometemos a esta humillación una y otra vez? Amén de los inescrutables resortes internos que activan nuestro deseo autodestructivo, quizá sea en parte porque tendemos a justificar a la procrastinación como una postura existencial. Algunos explican su procrastinación bajo el argumento del perfeccionismo: dejan lo que deben de hacer para más adelante ante la ansiedad que les genera no estar a la altura de sus criterios elevados de excelencia. Esta tesis ha cobrado cierta popularidad frente al hecho de que algunas investigaciones clínicas enlistan al “perfeccionismo” como una de las respuestas más recurrentes entre los pacientes que dicen sufrir de procrastinación.
Otros estudios manifiestan que la procrastinación es simplemente un sinónimo de cansancio vital: procrastino porque nada me entusiasma, ¿para qué molestarse? En efecto, una persona depresiva es casi por definición un individuo improductivo. Sin embargo, la mayoría de los procrastinadores no son personas tristes y vencidas; por el contrario, muchos se distraen con una vitalidad en verdad envidiable. Otra teoría, quizá la más azotada filosóficamente, afirma que la procrastinación es un reflejo de nuestro incumplible deseo de eternidad; es decir, pensar que siempre hay un mañana para hacer las cosas evidencia una desaforada esperanza de vida ajena a la conciencia de que tarde o temprano a todos se nos acaba el tiempo. Un procrastinador es, en ese sentido, una persona cuya actitud dilatoria le impide pensar en la muerte.
Todas estas posturas pueden ser válidas, e incluso complementarse bien unas con otras, pero quizá exista una razón más sencilla para explicar la postergación patológica: el impulso de la diversión inmediata es más potente que el bienestar de largo plazo. La procrastinación es un producto secundario de nuestra impulsividad de vivir el momento. ¿Por qué esperar la gran recompensa cuando podemos disfrutar de pequeños pero vivaces estímulos que nos den placer en el cortísimo plazo? Es por ello que hoy más que nunca está de moda pensar en la procrastinación. En la antigüedad – cuando las reglas básicas de supervivencia eran comida, lucha, huida y reproducción- , los individuos no pensaban en la procrastinación porque lo urgente era lo importante; hoy el concepto de lo urgente es una arena movediza y cambiante; sabemos lo que es importante, ¿pero qué tan urgente es?
Estamos conscientes de que la hormiga es la que triunfa en el largo plazo, pero también estamos seguros que jamás se divertirá tanto como la cigarra.
*Este texto aparecerá en la edición de marzo de la revista Deep.













