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Los monopolios muerden, una charla con Jorge Castañeda

Thursday, January 8th, 2009

Por Mauricio González Lara  

Si tomamos como parangón el pensamiento wildeano de que el tamaño de un hombre se mide en función de las dimensiones de sus enemigos, Jorge Castañeda, exsecretario de Relaciones Exteriores y uno de los más destacados analistas de Latinoamérica, debe sentirse libre de todo complejo: sin duda es uno de los personajes claves del México contemporáneo.

La inteligencia provocadora de Castañeda es su principal virtud: a diferencia de la medianía especuladora con la que se conduce el grueso de la clase intelectual mexicana, Jorge nunca renuncia a la audacia ni a la propuesta iconoclasta. Su libro más reciente, ¿Y México por qué no? (FCE, 2008), coescrito con Manuel Rodríguez W, no es la excepción: la obra es un ensayo orientado a sacudir la complacencia con la que México ha permitido la concentración excesiva de poder en casi todas las esferas de la vida nacional. Esta es parte de la charla que sostuvimos con él a propósito de la publicación del libro.

La movilidad en México es reducida, sea en el sector empresarial o el político. Los “mexican dreams” son excepcionales.

Por desgracia, eso es bastante cierto. No quiere decir que no haya ejemplos de “mexican dreams” en los ámbitos político, empresarial, intelectual o artístico, pero en términos generales, mi impresión es que México es una sociedad con menos movilidad que otras. No sólo me refiero a los países ricos, sino incluso a naciones como Brasil. Esto no siempre fue así. De hecho, es un fenómeno que se ha venido dando en los últimos 40 años. Antes había más movilidad tanto al interior de las élites como de abajo hacia arriba. Es complicado entrar al mercado en México. Montar una start up es muy difícil. El círculo de los grandes empresarios es muy cerrado; el de los grandes intelectuales está todavía más cerrado, y en ciertos sentidos, la clase política está más cerrada que nunca. En el ámbito político se dio una apertura PAN/ PRD hace 20 años, pero en primer lugar, los del PRD eran del PRI, y los del PAN ya estaban. Esto explica el carácter perenne de algunos políticos como Porfirio Muñoz Ledo, quien ha estado presente 40 años en la arena política. Manuel Camacho es otro ejemplo. Más allá de las personas, lo que importa es que son los mismos. En ese sentido, México es un país un poco congelado.

En el libro abordas la idea de desincorporar a Telmex. Tus argumentos me recordaron a los que daba la administración Clinton cuando intentó desincorporar a Microsoft. Gates le dio la vuelta a eso orientándose a la Responsabilidad Social. Siento que Slim está tomando el mismo camino, sobre todo desde que lo nombraron el hombre más rico del mundo.

Pero Gates se entregó por completo a eso. Le pasó prácticamente toda su fortuna a la fundación que lleva con su esposa Melinda, a la vez que se desentendió del día a día de Microsoft. No estoy diciendo que el ingeniero Slim, que es muy generoso en muchos sentidos, deba hacerlo. Pero eso no lo ha hecho. El que lo hayan nombrado como el hombre más rico del mundo no le hizo ningún bien. Hasta él mismo ha dicho que esa creencia es producto de una fórmula de cálculo equivocada. Y quizá tenga razón. Pero lo cierto es que hay un sentir antimonopólico en el país, quizá más presente en los medios que en la opinión pública amplia. Existe y permea cada vez más. Así sea de manera muy lenta, el reclamo comienza a forjar su propio camino, y ese camino pasa forzosamente por Telmex. Es probable que a estas alturas, como afirma el mismo Slim con sólidos argumentos económicos y técnicos, ya exista más competencia en el sector de telecomunicaciones que en otros rubros. Puede que esté en lo cierto, pero el tema ya es otro: por su naturaleza emblemática, no habría una acción antimonopólica creíble en el país que no incluyera a Telmex.

No quisiera limitarme estrictamente a los monopolios empresariales; tenemos monopolios mediáticos, políticos, sindicales, intelectuales, en fin, la concentración de poder en México es excesiva en todos los sentidos de la palabra. Los hombres que detentan ese poder, como sucede con Slim, empiezan a reaccionar, lo que es bueno. Ahora, a mí lo que me gustaría más es que todas estas dinámicas no se quedaran en un mero asunto de opinión o percepción pública, y que redundaran en el establecimiento de un marco regulatorio más severo, ágil y contundente. Pero bueno, no ha sucedido así.

Para que eso suceda se requiere de un apoyo más visible de la sociedad civil.

Desde luego. Yo le tengo un gran respeto y afecto a Eduardo Pérez Mota, el director de la Comisión Federal de Competencia (Cofeco), pero lo cierto es que su organización carece de constituency, es decir, de base social. La Cofeco podrá hacer muy bien su trabajo dentro de los límites que le fija el marco regulatorio, pero el gran problema es que no existe una sociedad civil que luche por esos temas. Simplemente no está. Y al no estar, pues todo depende de la coyuntura y la habilidad con los personajes involucrados defiendan sus intereses.

En el texto mencionas el incidente de Santiago Creel con Televisa. Si Fox News hubiera borrado la imagen de un legislador estadounidense, al otro día se hubieran suscitado protestas y renuncias forzadas. Aquí, en cambio, las reacciones fueron reducidas.

No pasó totalmente inadvertido porque Reforma lo cachó, tarde, pero lo cachó, y eso motivó a que luego se suscitara un miniescándalo y Televisa invitara a Creel. Ahora, lo cierto es que los vetos a Creel, Javier Corral y hacia mí se mantienen. ¿Por qué? ¡Pues porque sí! Ellos no entienden que no pueden utilizar ese espacio público así. Al contrario, creen que para eso es: para ganar dinero y para dirimir sus pleitos personales. Y en efecto, parece que nadie hace nada.

¿Por miedo?

Yo no creo que sea por miedo. Bueno, los partidos sí tienen miedo de meterse con los empresarios y los medios porque saben que van a necesitarlos. Pero la gente no tiene miedo, lo que pasa es que está desorganizada y no considera pertinentes esos temas. Entonces, si a la concentración excesiva de poder le sumas la desorganización de la sociedad civil, más la ausencia de un adecuado marco regulatorio interno, más la ausencia de un marco regulatorio internacional que se aplique a México satisfactoriamente, con la salvedad de algunos aspectos del TLCAN, pues todo el conjunto produce una gran inmovilidad. Microsoft quizá no fue obligado a la desincorporación en Estados Unidos, pero se creó un marco regulatorio supranacional que frenó la tentación monopólica a propósito del Windows en la Unión Europea. Eso no ha pasado aquí.

La crisis económica podría provocar un descontento generalizado que movilizara a la sociedad. Pienso en los bancos, por ejemplo.

Quizá. El mismo Pérez Mota y Santiago Levy también comparten la opinión de que la crisis económica podría provocar esa catarsis. En el sector bancario podría suceder algo interesante. Hasta ahora, salvo las protestas contra las tasas de interés en las tarjetas de crédito, no ha habido una reacción de la sociedad ante la banca porque no se ha dado un descalabro mayor. En México no hemos visto casos como el de Madoff, Lehman Brothers o Bear Stearns. Espero que no los haya.

Pero la cartera vencida se va a disparar.

Eso sin duda. Y quizá suceda algo en el sector hipotecario. No estoy seguro, pero tengo la impresión de que hay más hipotecas de tasa variable de lo que se quiere aceptar. Y aún sin tasa variable: simplemente la gente que pierda su empleo va a experimentar serias dificultades para mantenerse al día en los pagos de la hipoteca. Hubo mucha gente que tuvo acceso a créditos hipotecarios en los últimos años. Quizá eso genere una reacción contra la banca que promueva una vigilancia más cercana para reducir las tasas de intermediación, o incluso el enorme spread que vemos entre la compra y venta en el tipo de cambio, y que no tiene el menor sentido para el consumidor. Quizá la crisis ayude a que la sociedad se movilice contra la concentración de poder. Aunque podría ser al revés: el PRD y la izquierda son perfectamente capaces de buscar un acomodo con los monopolios al inventar que todo es culpa del neoliberalismo, y como al neoliberalismo se le vence con una revolución que nunca se hace, pues dejar las cosas exactamente como están.

El PRD, con toda su estridencia, jamás propondría una acción antimonopolio contra Telmex.

Jamás. No se atreverían nunca. ¿Para qué? Van a necesitar esa lana para sus próximas campañas.

¿Se trata de rescatar al capitalismo de los capitalistas? ¿De preservar el libre mercado actuando contra los monopolios que lo ahogan?

Creo que casi toda la gente sensata en el mundo parte de la asunción de que, por lo menos en el futuro cercano, va a ser muy difícil que surja una alternativa a la economía de libre mercado y la democracia representativa. Lo preferible entonces es que lo que tenemos funcione lo mejor posible. A lo largo de los últimos 100 años el capitalismo ha mostrado una notable capacidad de reforma y reinvención. El capitalismo ha experimentado varias reestructuraciones de fondo. No sólo ha sido, como ahora se cree, el keynesianismo de la gran depresión y el estado de bienestar, sino que se han dado varios cambios de fondo en distintas etapas y diferentes países. Hoy estamos viendo el principio de una nueva readaptación del capitalismo, y en el caso particular de México, uno de los temas de esa readaptación son los monopolios.

¿Habrá renegociación del TLCAN una vez que asuma Obama?

Si Obama insiste en renegociarlo, la postura más acertada del gobierno sería la de tomar la delantera y promover nuestra agenda: migración, energía, fondos de compensación, la existencia de estructuras supranacionales permanentes. Mi impresión es que Obama puede verse presionado a renegociarlo en función del malestar social, del rescate de la industria automotriz y de los acuerdos que haya realizado con los sindicatos a cambio del apoyo en la campaña. ¿Hasta qué punto llegaría esa renegociación? No lo sé. Incluso todo esto podría diluirse y convertirse en algo similar al agregado que Clinton le hizo al TLCAN en el 93. Lo que sí veo difícil es que no haya nada. El mundo ha cambiado tanto desde el 4 de noviembre, ya ni hablemos desde el inicio de la campaña, que es muy difícil predecir qué va a hacer. Pobre, probablemente él tampoco lo sabe.

¿Y México por qué no? finaliza con una reflexión en torno a cómo la inteligentsia mexicana ha devenido en una especie de comentocracia, donde las acreditaciones intelectuales son más bien cuestionables.

A lo que me refiero es a una ausencia de meritocracia. En México todo mundo opina sobre todo, lo que ha generado un fenómeno muy extraño que no existe en otras partes: el del intelectual sin obra. Personas que no han escrito libros o realizado investigaciones que los acrediten formalmente ocupan espacios importantes de opinión en los medios. Yo no digo que eso sea bueno o malo, simplemente constato que así es. Si tú tomas El Universal, Milenio y Reforma, existe un diferencial de 10 a uno entre la remuneración que perciben los distintos editorialistas. Sin embargo, te reto a que me digas, ateniéndote a un criterio estrictamente visual, quiénes son los más valorados por los periódicos, los que ganan más. A todos se les presenta de la misma forma. ¿Por qué no se refleja su valor visualmente? Porque no hay meritocracia. Es algo muy extraño, porque si bien los periódicos saben las razones por las que les pagan más a unos que otros, la presentación termina siendo plana. Eso es la comentocracia: personas que comparten sin cesar sus opiniones con radioescuchas, televidentes y lectores, pero que rara vez sustentan dichas opiniones en una obra o pericia reconocida merocráticamente. Todas las opiniones terminan valiendo lo mismo. (F)

*El resto de esta charla será publicado en el próximo número de la revista Deep. Las fotos son de Carlos García. Te invito a que conozcas su notable trabajo en GuacamoleProject.com

Bancos, imagen en crisis

Wednesday, December 17th, 2008

Por Mauricio González Lara 

Las encuestas, reza un lugar común, son como los bikinis: muestran casi todo, pero esconden lo más importante.

Hay diversos sondeos que miden el grado de credibilidad  y respeto que guardan las instituciones, tanto públicas como privadas, dentro de la sociedad; asimismo, existen estudios que ponderan el grado de admiración que detenta una marca frente a los consumidores, y bueno, hay infinidad de rankings que miden la importancia de las múltiples compañías que conforman a la comunidad empresarial mexicana. Sin embargo, nunca he visto un estudio público que pondere el grado de empatía (el amor u odio) que el consumidor siente hacia un gremio empresarial  específico, y más aún, que lo muestre en una clasificación comparativa. Sería muy interesante, sobre todo porque así el consumidor contaría con herramientas más concretas para presionar a las cámaras u órganos representativos a repensar el comportamiento de su sector específico, a la vez que las empresas contarían con datos duros sobre los cuales basar sus planes mercadotécnicos. 

Todo esto sale a colación porque, en caso de que alguien realizara esa clase de sondeo en estos momentos, estoy seguro que el sector bancario ocuparía uno de los peores lugares de la lista, sino es que el último. A raíz de que algunos legisladores presentaron en semanas recientes una serie de iniciativas para discutir posibles modificaciones a diversos servicios bancarios -donde se incluyen medidas que van del incremento de restricciones para ofrecer plásticos, hasta una muy controvertida posibilidad de establecer nuevos topes en tasas de interés y pagos mínimos en tarjetas de crédito–, el descontento en torno a los bancos ha adquirido una intensa resonancia en los medios de comunicación. Y no me refiero a Proceso o La Jornada. Van algunos botones muestra:

*A lo largo de estos últimos dos meses, Denise Maerker, la periodista de medios electrónicos más equilibrada del país, le ha dedicado un amplio espacio a los abusos de los bancos. En radio, Maerker compara comisiones, señala a los que cobran más, se maravilla de que nunca alcemos la voz, etcétera; en TV, Denise pasa al aire un reportaje con grabaciones que exponen las crueldades con las que los ejecutivos de cobranza intimidan a los deudores, las cuales van desde el insulto grosero a la pega de carteles fuera de la casa del cliente moroso. Un hecho inédito: por primera vez los bancos son presentados en un reportaje como vándalos verbales y agresores de familias  en el prime time del canal de las estrellas. 

*El periodista de negocios Carlos Mota, quien no precisamente califica como un defensor del progresismo izquierdoso, publica el 20 de noviembre una irónica columna en la que “felicita” a Luis Peña, presidente de HSBC México, por subir las comisiones por revisar el saldo en cajeros de otros bancos. En un país de ignorantes, argumenta Carlos,  ésa es la lógica más redituable. 

*El 8 de diciembre, el magnate Carlos Slim Helú declara su malestar ante las altas tasas que cobra el grueso de la banca mexicana. Toda la prensa se da vuelo en editoriales y columnas con la idea: si lo dijo Slim, debe ser cierto. 

*La segunda semana de diciembre, la revista Eme Equis, que ya había publicado tiempo atrás un reportaje sobre los abusos en la cobranza de las tarjetas, le dedica su reportaje principal a las altísimas tasas que cobran algunos bancos de microcréditos. El más golpeado: Compartamos, de Carlos Danel. 

Y así podríamos nombrar  numerosos ejemplos. Para muchos mexicanos, los bancos son, a falta de un mejor término para describir la intensidad del resentimiento, sinónimo de “ojetez”. Se podría debatir que la percepción dista de ser nueva: amén de que el simple hecho de ser banquero ya lleva consigo el estereotipo social de ser rico y cobrador, lo cierto es que, por lo menos  desde que se revendieron a mediados de la década pasada, los bancos han hecho muy poco por establecer una relación más amable con sus clientes.

No me voy a detener a analizar, como ya se ha hecho hasta la saciedad en otros medios, las tasas o los onerosos costos de comisiones que los bancos mexicanos cargan en comparación con otros países, ni tampoco creo que tenga caso analizar a detalle las propuestas de reforma a los servicios bancarios  (ya habrá tiempo de comentarlas cuando sean retomadas por el Congreso en el primer trimestre del 2009); no obstante, sí considero pertinente comentar la absurda estrategia que el gremio bancario, representado por la Asociación de Bancos de México (ABM), ha desdoblado para mitigar la creciente animadversión de la sociedad. Su manejo de crisis no sólo ha sido pobre y errático, sino que evidencia deficiencias estructurales que bien podrán generarles pérdidas considerables en el futuro mediato. 

Castillo, entrenado pero indolente

En 1960, cuando Richard  Nixon fue derrotado de manera apretada por John F. Kennedy en las elecciones presidenciales de EU, algunos miembros de su círculo interno se quejaban de que la derrota obedecía a que la estrategia había sido ideada por un equipo de relaciones públicas, y no por publicistas o profesionales de la imagen y la  comunicación.  El resultado: los argumentos de Nixon eran correctos, incluso mejores que los de JFK, pero ante la ausencia de una estrategia de imagen que reconociera las inquietudes y el estado anímico de la sociedad (y no sólo se concentrara en evadir los puntos difíciles), simplemente no conectaban con el elector promedio. El carisma de JFK, en cambio, capturaba a la perfección el espíritu de la época.

Esta anécdota viene a mi mente cada vez que veo declarar a Enrique Castillo Sánchez Mejorada, presidente de la ABM. Ejemplo: en una entrevista realizada el pasado 15 de diciembre en el programa Alebrijes: Aguila o Sol, de Televisa, Castillo respondió a algunos cuestionamientos que se le han hecho a la banca mexicana. No lo hizo mal, y de hecho su posición frente a los topes a las tasas de interés fue iluminadora. No obstante, cuando se le presentaron testimonios tomados aleatoriamente de la calle de ciudadanos molestos con los bancos, no sólo no reconoció el enojo, sino que básicamente fijó la postura de que no van a cambiar  (los que deben cambiar, sugirió Castillo, son los ciudadanos, cuyo incumplimiento explica las altas tasas y comisiones). ¿Suena ilógico? No. ¿Parcialmente cierto, incluso? Sí, vaya, ¿quién podría dudar de la mala educación financiera de los mexicanos? Ahora, ¿suena empático y convincente? Desde luego que no.

Quizá en términos de mero entrenamiento de medios, Castillo, el rostro visible de la banca,  salga bien librado de esta clase de entrevistas (a fin de cuentas, como Nixon, fue capacitado para evadir o darle la vuelta a las preguntas difíciles), pero muestra un entendimiento muy pobre respecto a cómo comunicarse con sus clientes, consumidores y sociedad en su conjunto.

Falta responsabilidad social

En estos momentos de crisis, cuando varias empresas están siendo rescatadas por la sociedad (vía intervenciones gubernamentales), se comienza a dibujar un ambiente de mayor exigencia hacia las empresas en materia de responsabilidad social. Esto implica, forzosamente, una comunicación más transparente y cercana con el consumidor y sus inquietudes. No importa si ganan premios por sus programas sociales, poseen fundaciones, donan millones al Teletón o destinan más recursos al programa Bécalos, si los bancos no se ponen las pilas para establecer una nueva clase de relación con su stakeholder principal, sus clientes, no pueden denominarse socialmente responsables.

Peor aún: el 2009 se caracterizará por ser un año electoral donde la cartera vencida experimentará un peligroso incremento.  La consecuencia natural de este coctel será la inclusión del descontento hacia los bancos en la agenda política nacional. ¿No sería una buena idea mercadotécnica establecer una seria y profunda estrategia de imagen que, además de acercar más al gremio con sus consumidores, desactive la posible tentación populista de regular autoritariamente a la banca? (F)

**Por motivo de las fiestas decembrinas, Altaempresa estará de regreso la primera semana de enero. ¡Felicidades! 

Los intocables, una charla con Jorge Zepeda Patterson

Tuesday, November 18th, 2008

Por Mauricio González Lara

¿Qué tienen en común Juan Sandoval Iñiguez, José Luis Soberanes, Patricia Chapoy, Víctor González Torres, Diego Fernández de Cevallos, Julio César Chávez, Jorge Hank Rohn, Emilio Gamboa Patrón, Marta Sahagún y buena parte de los gobernadores de la República Mexicana? En opinión de Jorge Zepeda Patterson, motor creativo de Los amos de México y director editorial entrante de El Universal, la respuesta es contundente: la impunidad.

En Los intocables, su más reciente libro, Zepeda Patterson coordina el esfuerzo de varios periodistas (Jenaro Villamil, Lydia Cacho, Roberto Rock, Alejandro Páez, entre otros) por configurar un retrato de la impunidad a través del estudio de sus personajes más conspicuos. En la siguiente charla, Zepeda aborda algunos puntos finos de su obra, a la vez que da su visión sobre los males que aquejan a la clase empresarial mexicana.

A diferencia de Los amos de México, donde sólo dos o tres empresarios manejan un alto perfil público, en Los intocables analizas a personajes que todos conocen. ¿Esto cambió la manera de abordar la investigación?

Todos hablan de ellos, pero no hay muchas cosas escritas desde un ángulo periodístico profundo. Me explico: el género biográfico en México ha sido muy descuidado, a diferencia, por ejemplo, del mundo anglosajón, donde hay extraordinarias biografías periodísticas de los grandes personajes. De las pocas biografías que hay en México, gran parte de ellas terminan siendo libros panegíricos, muy vinculados al personaje en cuestión, como digamos el caso de Sari Bermúdez y Marta Sahagún; o en el otro extremo, son obras satanizadoras, cuyo fin último es crucificar al sujeto de estudio. Como periodista, me resulta estimulante contribuir a llenar ese vacío.

Ahora, este esfuerzo no está disociado de los anteriores; de hecho, es parte de una trilogía desprejuiciada abocada a saber cómo es la vida de los personajes que dominan México: la primera parte es la de Los suspirantes, un libro que dibujaba los perfiles biográficos de los aspirantes a las presidencia; sigue con Los amos de México, que aborda a los empresarios y la construcción de los grandes imperios económicos, y ahora continúa con Los intocables, donde se estudia cómo se construye la impunidad, no a través de un análisis sociológico, sino documentado mediante casos casi antropológicos.

¿Cómo seleccionaste a tus intocables?

Lo que buscamos fue una selección lo suficientemente variada como para acercarnos al fenómeno de la impunidad en sus distintos orígenes y modalidades. Por ejemplo: es muy distinta la intocabilidad de Julio César Chávez, en su carácter de ídolo del boxeo, a la impunidad de Emilio Gamboa Patrón, quien ejerce los hilos directos del control político y legal. En última instancia, son parte de un mismo problema, pues ambos son intocables para efectos de rendición de cuentas ante la ciudadanía en general. Pudimos haber hecho un libro que se enfocara a casos de políticos intocables, pero sentimos que eso sólo iba a redundar en ofrecer diferentes matices de la misma modalidad de impunidad.

Lo novedoso de Los intocables es que, si bien incluimos la esfera del servicio público, también tratamos casos como el de Juan Sandoval Iñiguez, un prelado de la Iglesia que se ha caracterizado por un comportamiento muy poco cristiano, y que incluso ha prosperado en su carrera y es hoy un intocable gracias a su relación con algunas élites mexicanas. Lo mismo sucede con el caso de José Luis Soberanes, el presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Ambos encabezan instituciones que deberían abonar al combate contra la impunidad, y no servir de blindaje de los impunes, dándoles cobertura jurídica, en el caso de la CNDH, o credibilidad moral, en el caso del Cardenal. Son instituciones que deberían defender al ciudadano de a pie, y no victimarlo. Es por eso que comenzamos el libro con esos dos casos; no porque sus cadáveres en el closet sean más grandes que los de los políticos, sino porque son particularmente tristes.

En un sentido similar, quizá las faltas de Patricia Chapoy o Julio César Chávez no sean comparables a las de Jorge Hank Rohn o Emilio Gamboa Patrón, quienes emblematizan mafias políticas muy poderosas, pero sí sirven como ejemplos para ilustrar como la fama y la celebridad pueden ser fuentes de impunidad, tal y como lo son la riqueza o el poder político. Si un policía para el coche de Emilio Gamboa Patrón por exceso de velocidad, quizá no le levante la multa por miedo ante el poderoso; si para al de Julio César, es probable que no la levante por el deseo de quedar bien ante el ídolo. Aunque sea por motivos distintos, ambas son formas de impunidad.

También hay mucha impunidad en los medios. Por ejemplo: si una cadena televisiva estadounidense borrara digitalmente al presidente del Senado, seguramente habría despidos y reprimendas públicas masivas; aquí, en cambio, el asunto apenas y se comenta.

Coincido totalmente. Frente a la violación de una ley o norma, ¿quién es el valiente que se va aventar en contra de Joaquín López Dóriga, Carlos Loret o Francisco Javier Alatorre? Y no lo digo porque sean particularmente malos; cualquier persona que esté en las posiciones que ellos ocupan inspiraría temor, ganas de congraciarse, etcétera. Por eso es que el caso de Paty Chapoy es interesante: es una mezcla del respeto y el morbo que genera la fama. Ejemplo: tú puedes salir a comer con un cantante a un restaurante y escuchar cómo se queja de Paty Chapoy, pero si de repente ella llega y se sienta en la mesa de a lado, el artista pasa del enojo al temor, ya que sabe que la conductora de Ventaneando cuenta con el poder de destruir su carrera. Es otra clase de impunidad. De ahí la heterogeneidad de los casos.

No sólo los casos son heterogéneos, sino también las plumas que los escriben.

Sí, para mí es muy atractivo romper con el cartabón de las cúpulas y capillitas periodísticas. Eso es muy satisfactorio. En Los amos de México, por ejemplo, tienes a personas como Jenaro Villamil, de Proceso, o Blanche Pietrich, de la Jornada, junto a otras como Alberto Bello, de Expansión, y en medio a periodistas de fuentes como Gatopardo; o sea, no podrías encontrar visiones y procedencias más disímiles en el radial. La idea era reunirlos por cuestiones profesionales, y no por su procedencia ideológica o gremial. Por eso, también, los criterios eran que tuvieran buena pluma y cualidades investigativas, pero sobre todo buena pluma.

¿Hasta dónde les permites a tus colaboradores adentrarse en el ámbito privado de los investigados?

Tratamos de ser equilibrados. Yo soy un editor bravo: casi todos los capítulos los regreso; algunos con una observación menor, otros con observaciones mayores de estructura. Si hay datos personales, lo que busco es que no sean gratuitos, sino que sean pertinentes a la historia periodística y a la construcción del personaje. Por otro lado, también cuido que no se descuide la revelación de los aspectos públicos. En Los amos de México, devolví algunos capítulos porque si bien la historia empresarial estaba muy clara, no me aparecía el personaje; y viceversa, algunos describían mucho al personaje, pero no abordaban la historia empresarial. Otro factor difícil de sortear es el espacio: todo tiene que quedar en 15,000 palabras, y a veces el personaje da para todo un libro.

A veces da la impresión de que en México sólo se puede triunfar si se cuenta con alguna clase de compadrazgo o si de plano se viola la ley. Carecemos de historias de éxito legítimo.

No estaría tan seguro. En Los amos de México abordamos los casos de Roberto Hernández y Jorge Vergara, quienes provienen de la clase media: y bueno, en Los suspirantes hay igual casos que se escapan de esa lógica. Concuerdo totalmente contigo en que en una sociedad tan desigual como la nuestra hay algunos que nadan con aletas, y otros sin traje de baño. El problema es que no vivimos en una sociedad meritocrática. En algunos ámbitos es más grave que otros. En la clase política, los privilegios y las pertenencias son las reglas del juego; en la clase empresarial, si bien no con la misma intensidad, también operan esas reglas. Pese a sus vicios, el espectáculo y el deporte son más meritocráticos. Quizá haya algunos favoritismos, pero finalmente alguien como Hugo Sánchez tenía que meter los goles. Quien se subía al ring era Julio César, y nadie más. O incluso alguien como la misma Paty Chapoy, que cuenta con habilidades innegables como la articulación y el manejo frente a la cámara. En esos mundos, la fortuna y los padrinos indicados pueden ayudar, pero no lo son todo.

¿Cómo ves a la clase empresarial del país, sobre todo ahora que esta crisis les está orillando a repensar su rol en la sociedad?

La clase empresarial de nuestro país está endémicamente distorsionada por las estructuras. Contamos con una clase empresarial viciada por el éxito vinculado a razones impúdicas. Los factores para alcanzar la rentabilidad se relacionan en buena medida con aspectos no empresariales, tales como son el mal manejo de información confidencial, el tráfico de influencias, la corrupción y el compadrazgo, no sólo con el sector público, sino con las élites privadas. Es muy lamentable, porque uno lee en revistas de negocios sobre la importancia de la creatividad y la innovación en el mundo globalizado; no obstante, en la realidad mexicana, los empresarios bienintencionados se topan con que, para obtener el méndigo permiso para operar, se tienen que arreglar ilegalmente con la autoridad, o ven cómo su competencia se beneficia porque ésta sí decidió entrarle a la corrupción, pese a contar con una gestión menos avanzada. Es una retroalimentación continua generada por la realidad que redunda en una cultura empresarial distorsionada, y como toda cultura de valores, quizá se necesiten de varias generaciones para revertirla.

También es cierto que muchos empresarios ven a sus compañías como un botín familiar, y no como instituciones que terminen trascendiéndolos.

Absolutamente. Al empresario mexicano le cuesta mucho trabajo profesionalizarse. Ese aspecto de empresa pobre, empresario rico, es uno de los grandes lastres que padece el sector privado, particularmente en provincia. Yo soy de Guadalajara, y ahí casi se asume como una muestra de habilidad entre el empresariado el vivir lo mejor posible a costa de la pobreza de la empresa. Así, en caso de que Hacienda les realice una auditoría o suceda una crisis, no habrá mucha tela de donde cortar y se minimizan las pérdidas personales. El resultado obvio de esto es una empresa subpotenciada, siempre operando muy por debajo de sus posibilidades.

Finalmente, ya en tu calidad de nuevo director editorial de El Universal, ¿cómo percibes al periodismo de negocios que se hace actualmente en México?

Es un proceso en marcha. Si comparas lo que se hace hoy con lo que se hacía 10 años atrás, registras avances claros. Antes era impensable escuchar programas de radio de negocios, por ejemplo. Las revistas también han crecido mucho. Los periódicos especializados, en cambio, se han quedado un poco estancados; ahí siguen, pero ya no son tan importantes. Lo que sí ha avanzado muchísimo es el rol de las secciones de negocios en los periódicos de interés general. Hoy ya hay toda una capa de periodistas que, con sus virtudes y defectos, se dedica de tiempo completo al asunto. Los mismos columnistas de negocios han cobrado una alta relevancia. Me siento optimista. Creo que el periodismo de negocios va por buen camino. (F)

¿Deseas leer la crítica que Altaempresa.com le hizo a Los amos de México? Da click “aquí”

Obama y Mouriño: sueño y pesadilla

Wednesday, November 12th, 2008

Por Mauricio González Lara

Hace ya algún tiempo, Esteban Moctezuma, secretario de Gobernación en el sexenio de Ernesto Zedillo y presidente de Fundación Azteca, me exponía en una entrevista su firme creencia de que el avance de una nación estaba atado intrínsecamente a lo que él denominaba como la “reproducción de la ideología”; es decir, a la capacidad de reciclar con frescura e innovación los elementos centrales que componían al proyecto de la sociedad en cuestión. Por ello, argumentaba Moctezuma, el éxito de Estados Unidos obedecía precisamente a la manera en la que reproducía su ideología y generaba consensos internos respecto a ésta. México, por el contrario, no sólo carecía de mecanismos para generar acuerdos en función de una ideología triunfadora, sino que reproducía mensajes que reforzaban la inmovilidad y el pesimismo.

A manera de ejemplo ilustrativo, va una dinámica que siempre me ha llamado la atención: mientras que en las series y películas estadounidenses el trabajo es lo que define y valida al protagonista (sea éste forense, abogado, policía o barman), en el entretenimiento mexicano el comportamiento de los personajes no se dibuja en torno a su profesión (en las telenovelas, de hecho, nunca nadie trabaja), sino a su clase social (uno es rico o pobre, punto), la cual casi siempre está predeterminada desde el nacimiento. En una telenovela mexicana, la única forma en que un pobre puede convertirse en rico es descubriendo que en realidad es la hija o hijo abandonado de una familia rica, o ya en casos excepcionales, ganando la lotería, como le sucede a Huicho Domínguez en “El premio mayor”. El esfuerzo y el trabajo no son valorados, ya que en un país tan desigual como el nuestro, no representan mecanismos de progreso tan eficaces como la transa o la prosapia.

La cultura popular mexicana refleja ese estado de las cosas y, en un círculo vicioso, lo alienta al darlo por hecho en sus narrativas telenoveleras.

Obama, the american dream

¿Quién podría argumentar que el triunfo de Barack Obama no es, por sí solo, una demostración de la capacidad gringa de reinventar y reproducir su ideología? A menos de 50 años de la existencia de estados segregados, el sueño se ha materializado: un negro de clase media es hoy el hombre más poderoso de la Unión Americana.

Obama recibe un país desgastado por los numerosos excesos conservadores cometidos durante ocho años por la administración de George W. Bush, y que incluyen, entre otras joyas, una aguda crisis económica, varios intentos de imponer la teoría creacionista como historia oficial en el sistema educativo público, la irracional ocupación de Iraq y numerosas violaciones a las garantías individuales perpetradas en nombre de la lucha antiterrorista.

El panorama luce desfavorable. Sin embargo, a diferencia de hace unos cuantos meses, el pueblo estadounidense es hoy un pueblo esperanzado; no porque alguna celebridad al estilo de Galilea Montijo o Gloria Trevi se lo indiquen en algún promocional televisivo, sino porque su optimismo parte de una base verificable: la viabilidad de obtener triunfos concretos que supongan una mejor calidad de vida -o sea, la movilidad social-, es posible y se refleja luminosamente en la figura de su actual presidente electo.

Mouriño, the mexican nightmare

El mismo día que Estados Unidos regeneró su esperanza, México reafirmó su pesimismo. El pasado 4 de noviembre, en sincronía con el ascenso de Obama, los medios mexicanos reportaban al anochecer la muerte de Juan Camilo Mouriño, así como las de otras ocho personas que lo acompañaban, incluido José Luis Santiago Vasconcelos, extitular de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO).

La avioneta donde viajaba el secretario de Gobernación se desplomó en la zona de Periférico y Montes Urales, provocando caos y desconcierto en la ya de por sí conflictiva capital mexicana. Además de ser una tragedia que ha cimbrado a la nación, la muerte de Mouriño se ha prestado a múltiples conjeturas, las cuales se pueden resumir en dos hipótesis: ¿accidente o atentado?

No sé cuál vaya a ser el saldo de las investigaciones encabezadas por Luís Téllez, Secretario de Comunicaciones de súbito transformado en Sherlock Holmes. Tampoco creo que en verdad importe, pues la psique colectiva mexicana ya emitió su veredicto: atentado. Porque parece mentira, nos dice el novelista Daniel Sada, la verdad nunca se sabe. ¿Qué mejor acreditación para tal pensamiento que un siniestro como el de Mouriño (quien como secretario de Gobernación era el responsable simbólico de la lucha contra el crimen organizado)? ¿Quién podría creer, bajo esas circunstancias, que su muerte fue un mero accidente, más allá de que haya sido así? ¿Acaso el narcotráfico no puede disponer de quien sea en el momento que sea, incluido el secretario de Gobernación?

Repito: no se trata de afirmar o negar hipótesis, sino de señalar lo que piensa la población, lo que no necesariamente significa que el vox populi esté o no en lo correcto. Ahora bien, es menester decirlo: el principal responsable en reproducir la noción de que la muerte de Mouriño es consecuencia de un atentado ha sido el mismo Felipe Calderón, quien además de rendirle a su amigo funerales de Estado propios de un mártir de la patria, ha desdoblado un duelo agresivo y reivindicatorio que se antojaría totalmente fuera de lugar si el Presidente estuviera genuinamente convencido de la hipótesis del accidente. El ritual mismo manda el mensaje de que fue un atentado. ¿O es que acaso el perfil jurídico del nuevo secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, no opera como una reafirmación de que, pese a las bajas, la guerra sigue?

En otro contexto, la vida de Juan Camilo Mouriño sería considerada como un encomiable caso de éxito: pese a poder haberse dedicado a una labor empresarial mucho más redituable que el servicio público, “Iván”, como lo apodaba cariñosamente su familia, decidió abandonarlo todo en pos de un sueño: llevar a Felipe Calderón a la presidencia y, ya como secretario de Gobernación, servir a su patria. En el contexto mexicano, empero, su muerte, por más que se quiera pretender lo contrario, se da bajo una lógica distinta. Cuestionado desde diversos frentes por su pobre interlocución política y supuestos conflictos de interés entre su función pública y las empresas de su familia, Mouriño distaba de ser un Secretario de Gobernación popular. Es más, durante los días que precedieron su muerte, varios columnistas especulaban con intensidad sobre su futuro reemplazo.

¿Qué es verdad y qué es mentira? De nueva cuenta, no importa: el mensaje que se da en los hechos, la ideología que se propaga, es que el servicio público es sinónimo de sospecha y ruindad; que las tragedias, cuando no quedan impunes, se transforman en “accidentes” que no son creíbles para nadie, ni siquiera para el presidente; que servir a México sale muy caro, y que los costos finales para aquellos valientes que quieran cambiar las cosas son la ignominia, el descrédito y la muerte. Esa es la verdadera tragedia detrás del deceso de Juan Camilo.

México, no cabe duda, está urgido de victorias. Ojalá las encuentre pronto; mientras tanto, no queda otra opción más que envidiar a los gringos. (F)

Futuras entregas:

*Los Intocables: una charla con Jorge Zepeda Patterson, periodista y director editorial entrante de El Universal

*Entretenimiento y crisis, una charla con Mark Shapiro, CEO de Six Flags

*El turismo del futuro

*Conferencias y promoción de RSE

Octubre delirante

Thursday, October 23rd, 2008

Por Mauricio González Lara

Calificar a este mes de octubre como “negro” o “difícil” resulta insuficiente, por no decir ridículo, ante el delirio con el que se ha desdoblado la crisis financiera en los mercados mundiales. Intentar un retrato del vértigo de octubre con una entrega convencional sería un error. Por ello, van una serie de apuntes estrictamente personales y muy prejuiciados sobre este octubre que acaba.

1. Como “marketinero” y fiel convencido de que la vida organizacional privada siempre va a ofrecer mayores posibilidades de crecimiento, innovación y expresión personal que el ámbito público controlado por las diversas estancias gubernamentales que conforman al Estado, soy un creyente en el capitalismo y el libre mercado. En verdad lo soy. Sin embargo, la crisis por la que atraviesa el planeta a causa de un complejísimo desastre especulatorio iniciado por grandes actores hipotecarios y financieros que, sin escrúpulos ni supervisión, jugaron con deudas basura, me lleva a repensar que quizá mi entendimiento de esos conceptos no está en sintonía con el de la “crema y nata” de los tomadores de decisiones de México y el mundo.

Me explico. A mediados de la década pasada, tras la debacle del “error de diciembre” de 1994 que redundó en la virtual quiebra de la banca mexicana y su posterior rescate por parte del gobierno, recuerdo que, palabras más, palabras menos, las entrevistas que los ejecutivos bancarios y funcionarios públicos sostenían con algunos periodistas relativamente escépticos como yo consistían en intercambios como el siguiente:

- Bueno, poner aquí el nombre del funcionario o ejecutivo en cuestión, queda claro que esta crisis no se fabricó sola. Muchos banqueros metieron deuda basura en la cartera vencida y ahora esperan que se les pague con el dinero de los contribuyentes. El reclamo es que se debe de definir quiénes son los responsables y actuar en consecuencia.

- No Mauricio. ¡Lo que importa ahora es salvar a la banca! Buscar culpables en estos momentos no ayuda a nadie. Lo que está en juego es rescatar el patrimonio del profesionista o la maestra que puede perderlo todo si no actuamos de inmediato.

- Entiendo, ¡pero debe de haber responsables!.

- Claro, claro. Una vez que hayamos efectuado el rescate, se les castigará con todo el peso de la ley. De eso los mexicanos pueden estar seguros.

Tras un par de años en el que por órdenes de nuestro surrealista Congreso se realizó un sinfín de auditorías (en las que se encuentra de todo, a la vez que no se encuentra nada) y el rescate concentrado en el Fondo Bancario de Protección al Ahorro (Fobaproa) sumaba alrededor de 100,000 millones de dólares, me vuelvo a encontrar a los mismos funcionarios y ejecutivos (muchos de ellos siguen trabajando en el sector, pese a que la banca hoy es mayoritariamente extranjera). Les insisto.

- Ahora sí habría que deslindar responsabilidades.

- ¿Para qué? La venganza no tiene sentido. La ley del ojo por ojo al final deja a todo mundo ciego. Lo importante ahora es cicatrizar heridas y mirar para adelante. El país así lo demanda.

- Por lo menos habría que introducir un marco regulatorio que impidiera que esto vuelva a ocurrir.

- Mira, lo que sucede es que es muy complicado explicarle esto a gente común y corriente como tú, pero créeme que un Estado regulador sólo entorpece al libre mercado y es un obstáculo para el desarrollo. El Estado debe abstenerse de intervenir en la economía y dejar que sea la libre competencia la que establezca quién progresa y quién no.

- ¡Pero si el Estado acaba de rescatarlos con más de 100,000 millones de dólares!

- No Mauricio. Ay, no entiendes. Eso era para salvar los ahorros de la clase media. Muchos banqueros perdieron hasta la camiseta.

- ¿Quiénes?

- Muchos.

- ¿Pero quiénes?

- Varios, varios.

2. No puedo dejar de pensar que las justificaciones que le he escuchado a la miríada de analistas financieros que apoyan el programa de George W. Bush son casi una copia calca de lo que los argumentos que los “dogmáticos del Fobaproa” esbozaban para defender las acciones del equipo económico de Ernesto Zedillo. El equipo de Zedillo tuvo la razón en salvar a la banca en ese entonces, así como las autoridades de Estados Unidos y el mundo la tienen ahora al salir a respaldar a sus instituciones bancarias ante la posibilidad de una quiebra masiva. Sin embargo, al igual que sucedió con México en el sexenio zedillista, no veo ninguna clase de intento por parte de las autoridades estadounidenses por delinear responsabilidades. Al contrario. Basta ver el cinismo con el que algunos actores mayores de esta crisis se pavonean en público para entender la magnitud de la impunidad.

Ejemplo: según reportes de la cadena televisiva ABC, a menos de una semana de haber sido intervenida por el gobierno norteamericano con una inyección de 75,000 millones de dólares, AIG, o mejor dicho, los directivos de AIG se fueron a celebrar al exclusivo Saint Regis Resort, en California, donde gastaron 200,000 dólares en cuartos, 150,000 en comidas y 23,000 en gastos de spa. La cuenta, que terminó sumando 400,000 dólares, fue cargada a la empresa como gastos en viáticos. Asimismo, varios analistas argumentan que hay elementos sólidos que apuntan a que Martin Sullivan, otrora CEO de la empresa, modificó el esquema de bonos para asegurarse que todos los altos ejecutivos recibieran sus “premios” antes del inminente desastre.

3. Una de las consecuencias más dramáticas de este terremoto bursátil es la celeridad con la que se cambian las percepciones en torno a ciertos personajes claves. Botón de muestra: Alan Greenspan. Hasta hace un par de meses, el expresidente de la Reserva Federal de la Unión Americana era considerado un virtual Dios en el ámbito financiero: un visionario responsable cuyos pronósticos eran tan inmaculados como supuestamente lo eran las medidas que asumió durante su gestión en el servicio público.

Hoy, empero, se le acusa de ser uno de los responsables de la crisis. El argumento: su negativa a subir las tasas de interés durante laprimera mitad de la década -y por ende asumir un ciclo natural de decrecimiento económico en su país- ocasionó que la burbuja financiera creciera desmesuradamente. En este sentido, desde mi analfabetismo económico, carezco de datos duros que me permitan sumarme al coro técnico de detractores de Greenspan. No obstante, en términos de cosmovisión ideológica, no me cabe duda que el convencimiento friedmaniano de Greenspan de que el liberalismo sin supervisión y a ultranza es el mejor camino fue uno de los factores que permitieron la gestación de esta crisis.

Ver ahora a un confundido Greenspan declarar su falta de comprensión y “atónita sorpresa” ante la crisis actual rebasa lo meramente anecdótico; es, sin temor a exagerar, el fin de toda una era en la economía mundial, donde la arrogancia intelectual y el despotismo ilustrado de los gurús financieros brillaban sin objeción alguna.

4. Una nueva dinámica de esta crisis es que, a diferencia de las crisis de 1982 y finales de 1994, los mexicanos no contamos con un villano nacional a quien linchar, por lo menos moralmente. Es una crisis importada. Se podrá cuestionar, claro, si las autoridades han actuado con la celeridad necesaria, o si se han comportado a la altura de las circunstancias. De igual forma, falta ver si las medidas anticíclicas son lo suficientemente efectivas para estimular la cadena productiva y evitar la natural perdida de empleos que supondrá la contracción en el crédito y el consumo.

Al tiempo, pero por lo menos hasta ahora, gozan de un voto de confianza que no tenían otras autoridades en el pasado.

 

5. Se podría argumentar que hubo una intentona por parte del gobierno de fabricar culpables: las declaraciones de Carstens y Guillermo Ortiz, presidente del Banco de México, en el sentido de que “tres o cuatro” empresas habían desestabilizado al peso a causa de movimientos especulatorios y deudas en derivados que no habían sido reportadas adecuadamente ni a los inversionistas ni a las autoridades.

Vamos por partes. No hay nada de malo en especular: esa es la naturaleza del juego en el capitalismo, e incluso una muestra de libertad. Lo que sí es socialmente irresponsable es que una empresa pública no avise a los inversionistas (y hasta a los stakeholders) de estos juegos, sobre todo los realizados con derivados, vía las instituciones correspondientes. No sé si ése sea el caso con estas compañías. Lo que sí sé es que, por lo menos en el caso de Comercial Mexicana, la única que ha sido señalada abiertamente (aunque también se habla de Vitro y de la otrora imbatible Cemex), el manejo de crisis, así como su política de comunicación frente a la sociedad, han sido un desastre.

Lejos de que salgan a informar detalladamente a la opinión pública su situación, los directivos de “La Comer”, fundada y controlada por la familia González desde 1930, han optado por esconderse y no dar la cara, como si realmente tuvieran algo que esconder. Es lamentable que una empresa que ostenta una marca tan querida en el imaginario mexicano se declare en concurso mercantil, pero todavía más triste es la indolencia solipsista con la que operan muchos conglomerados familiares en el país.

Espero que una de las consecuencias de esta crisis sea el fortalecimiento del stakeholder o parte interesada, y que de este fortalecimiento se desprenda una mayor presión de transparencia y “compliance” hacia las empresas. No veo que pueda ser diferente: ¿o cómo va a negarse una compañía a transparentar sus procesos y estructuras cuando el gobierno, con el dinero de todos, compre y/o avale parte de su deuda para darle liquidez, tal y como ya está sucediendo en varias partes del mundo?

6. Las consecuencias globales de la recesión estadounidense empujarán al planeta a repensar si el modelo de “la mano invisible” es viable frente a una realidad donde las pérdidas se socializan y las ganancias se concentran en manos de unos cuantos operadores. La aldea global debe aspirar a un capitalismo democrático donde todos puedan competir lealmente y el modelo sea ciego a intereses corruptos e ilegítimos. Eso es lo que yo entiendo por capitalismo: un sistema donde el Estado regula a favor de una palmaria libertad económica, y no uno donde sólo interviene para asumir las pérdidas de unos ladrones a los que nunca se les llama a rendir cuentas.

Ojalá que la gravedad de la crisis empuje de manera inevitable a un punto de inflexión; ojalá que el nuevo inquilino de la Casa Blanca comprenda este momento histórico; ojalá que los días de “la mano invisible” y el “fin de la historia” sean tan sólo un mal recuerdo y no un deja vu cíclico materializado en cinismo, recesión y pobreza. Ojalá, porque el capitalismo es algo demasiado valioso como para dejar su futuro en manos de los capitalistas. (F)