Archive for October, 2007

¿Mexicanos vs. extranjeros?

Monday, October 29th, 2007

                                                                                

Por Mauricio González Lara 

 

Es algo que sucede en muchos ámbitos de la vida empresarial mexicana: el alto número de extranjeros que se ha posicionado en puestos creativos, gerenciales y directivos. Es algo, también, que genera reacciones encontradas ante la carencia de datos concluyentes que expliquen el fenómeno en todas sus aristas.

No es que no exista información al respecto, pero ésta resulta a veces tan contradictoria que sólo contribuye a la confusión. Por cada consultora que sostiene que el fenómeno obedece a factores como los altos sueldos de los “mimados” ejecutivos mexicanos (lo que torna compleja su contratación), así como a la propia naturaleza de las grandes corporaciones internacionales a disponer de recursos humanos propios (lo que, digamos, hace más fácil cubrir una vacante en México haciendo uso de su contraparte en la oficina de España, en lugar de emprender un proceso de reclutamiento que podría llevar varios meses), existe otra fuente que sostiene que casi siempre un ejecutivo importado generará más gastos y enfrentará una curva más larga de aprendizaje que uno nacional (lo que valida la opinión de algunos en el sentido de que se les importa más por un asunto de desconfianza que por una genuina necesidad).

En mi opinión, en la esfera de las corporaciones globales, la heterogeneidad internacional es (y debe ser) el nombre del juego: los departamentos de RH están obligados a seleccionar al hombre o mujer con el mejor perfil para el puesto, sea que esté en la oficina de China, Alemania, Argentina o Suecia. De hecho, puede funcionar al revés. Ejemplo: el muy mexicano Felipe Sánchez, quien dirigiera los destinos de Microsoft en nuestro país durante varios años, fue promovido en meses recientes por su empresa y tuvo que mudarse a Estados Unidos (los ejecutivos estadounidenses, por cierto, no argumentaron que los mexicanos les estaban bajando la chamba). De esas situaciones, ni hablar. Mi preocupación más bien obedece a lo que pasa en algunas compañías de menor alcance global, cuyos reclutadores a veces muestran una curiosa pero clara preferencia por lo extranjero (y aquí me refiero al estereotipo del extranjero: alto, blanco y guapo).

¿Por qué será? ¿Será que los extranjeros cuentan con más credenciales académicas que los mexicanos? ¿Será que cuentan con más experiencia en renombradas agencias del exterior? ¿O será por otra hipótesis, rara vez expresada en los medios por una equivocada idea que algunos tienen de la corrección política: que el mexicano es racista y aún piensa que una persona blanca, alta y extranjera es más valiosa que otro prospecto con credenciales similares, pero paisano, bajito y de tez morena? Ese es el argumento que muchos profesionistas rechazados esbozan cuando intentan explicar los motivos por las que el puesto al que aspiraban fue finalmente ocupado por un extranjero. Lo que no significa, desde luego, que tengan la razón (muchos, me imagino, de plano eran unos mediocres que no se merecían el trabajo), pero seamos honestos, ¿estamos en condiciones de afirmar que el factor imagen no juega un papel sustancial en el criterio de reclutamiento seguido por las empresas?

No importa nuestra raza o nacionalidad, todos discriminamos, y con frecuencia sin estar plenamente conscientes de ello. En el libro Blink (The power of thinking without thinking) titulado en México bajo el nombre de Inteligencia Intuitiva, Malcolm Gladwell, colaborador estrella delNew Yorker, emprende una serie de fascinantes análisis sobre la manera en que nuestro cerebro elabora esta clase de criterios. El estudio más significativo consiste en tomar la lista elaborada por la revista Fortune de las 500 empresas más importantes de Estados Unidos e investigar cómo lucían los CEO’s de tales compañías. El resultado mostraba cosas por todos conocidas (el que la mayoría fuera de tez blanca era de esperarse en la nación estadounidense), pero también arrojaba algunos datos increíbles. Por ejemplo, el 60 por ciento de los CEOs era de una altura mayor a los 1.80 metros. En términos grosos, el porcentaje de varones estadounidenses que mide más de 1.80 metros no supera el cuatro por ciento, pero en el ámbito de los directores de las corporaciones enlistadas por Fortune, ese porcentaje era de casi el 60 por ciento.

¿A qué obedece este fenómeno? De acuerdo con Gladwell, los reclutadores de estas empresas tienden a asociar inconscientemente la altura con cualidades como el liderazgo, la responsabilidad y la personalidad asertiva. Desde luego que la altura no tiene nada que ver con que una persona posea o no estas cualidades, y seguramente ningún reclutador respondería afirmativamente si se le preguntara al respecto; sin embargo, por una serie de factores culturales y sociológicos, el subconsciente de los reclutadores percibía con agrado a las personas altas, por lo que tendía a inclinar la balanza a su favor. Ahora bien, si esto sucede en otras naciones más desarrolladas, y con elementos tan inocuos como la altura, ¿no podría suceder algo similar con los reclutadores mexicanos ante la noción (a veces consciente, a veces no) de que “lo extranjero es mejor”?

Odiaría que se me malinterpretara. Mi intención no es contribuir a crear un sentimiento xenofóbico ni mucho menos. En mi caso particular, el contar con amigos y colegas extranjeros ha enriquecido mi vida en maneras que jamás imaginé, por lo que creo que todo hombre que aspire a la universalidad debería vivir la experiencia de entrañar con personas de otros países. No obstante, creo que ya es hora de analizar nuestra conducta con más rigor, sobre todo si queremos ser algo más que un país de tercer mundo. Una persona genuinamente global es una persona que rechaza la discriminación. Punto. Y la mejor manera de acabar con la discriminación es tomando conciencia de ella. (F)

Ricardo Salinas Pliego, en entrevista

Tuesday, October 23rd, 2007

                                                         

Por Mauricio González Lara 

En un país donde el simple hecho de ser rico ya levanta sospechas (justificada o injustificadamente, no importa), calificar a estas alturas a Ricardo Salinas Pliego como el hombre de negocios más polémico de México podría resultar, por lo menos, discutible; creo, eso sí, que podría calificársele como el más aventado, como el empresario que se desenvuelve con mayor astucia en los peligrosos terrenos del debate y la controversia.

A Salinas Pliego lo han acusado de todo y, no obstante, sigue más activo que nunca: además de comandar las empresas por todos conocidas que conforman Grupo Salinas (y que incluyen TV Azteca, Banco Azteca, Iusacell y Grupo Elektra), en días recientes ha corrido la noticia de que planea incursionar  en la industria automotriz mediante una alianza con entrepreneurs  chinos,  al tiempo que se rumora, cada vez con más insistencia,  que analiza la conveniencia de extender su dominio mediático con la posible compra de un prestigioso diario de circulación nacional.

Hace unas semanas, tuve la oportunidad de entrevistarlo tanto a él como a Esteban Moctezuma para que me explicaran la  visión social de Grupo Salinas –conformada por las labores de Fundación Azteca (liderada por el exsecretario de Gobernación), y en especial por la estrategia de venta de “base de la pirámide” a sectores poco favorecidos (de la cual Salinas Pliego es referente en México y el mundo, mérito que le reconoce el mismo C.K. Prahalad, creador del concepto)–, todo en aras de incluir un análisis del caso en un libro que preparo sobre Responsabilidad Social Empresarial y que será publicado por Grupo Editorial Norma. Salinas Pliego se mostró lúdico y dispuesto a hablar de esos y otros temas en un día por demás complicado (3 de octubre, fecha en que, en el contexto de las desavenencias entre los legisladores y los medios a causa de la reforma electoral, TV Azteca transmitió un spot en el que cuestionaba el sueldo de los integrantes del Poder Legislativo).

A continuación, algunos puntos interesantes de esa charla:

Sobre la empresa, sus propietarios y su relación con la sociedad

Milton Friedman, el celebrado economista estadounidense, sostenía que la empresa era propiedad exclusiva de sus accionistas, y por ende su fin era maximizar los ingresos de éstos. Hoy se habla que esa visión ya no opera, ya que la empresa también se debe a sus stakeholders o grupos de interés (*). ¿De quién es la empresa?

Ese es un tema muy importante. La gente se confunde mucho: la empresa es de los accionistas, de quienes ponen su capital en riesgo, que son quienes pierden su dinero si a la compañía le va mal. Ahora dicen, “no, es que hay stakeholders”. Pues sí, nada más que esos no pierden su dinero. Es muy cómodo decir eso. Por ejemplo, ahora está de moda decir que la televisora es un bien público…

Bueno, el Poder Legislativo les dijo en cadena nacional que no se hicieran bolas, que la televisión era un bien público.

¡A toda madre! ¿Cómo bien público? ¿Y dónde está el dinero público? Están muy mal, son unos mentirosos y ladrones, nos han despojado de nuestro legítimo trabajo sin compensaciones. Es un robo, nos han confiscado nuestro tiempo y nuestra audiencia para servir a sus intereses. Así que la empresa no es un bien público, es de sus accionistas. Ahora, si los accionistas tienen ética, principios y visión, entonces pueden actuar con Responsabilidad Social, pero no es un must, es un maybe. Para ser responsable, la empresa debe ser exitosa, y va a ser exitosa si tienes empleados motivados y se satisfacen las necesidades de los clientes. Son los tres círculos virtuosos donde operamos: clientes, empleados y resultado. En ese orden: primero debes tener clientes satisfechos, después empleados motivados y capacitados y, tercero, tendrás resultado. Y ya entonces podremos hablar de ser responsables.

Un pilar de la Responsabilidad Social Empresarial es, precisamente,  velar por el desarrollo y motivación de los empleados.

Ese es otro punto muy interesante: una virtud enorme de la empresa es la creación de empleos bien remunerados. De eso adolecen nuestros países, por eso es que cuando el gobierno toma medidas que bajan la confianza, que suben los impuestos, que descapitalizan a la empresa o que desconciertan a los inversionistas, lo que hacen es atentar contra el empleo. ¿Cómo puedes crear un país exitoso y más igualitario si no es creando empleos? No es con caridad, o sea, lo que podemos hacer a través de los movimientos, de las becas, o de la acción social, pues es un paliativo para una circunstancia a veces insufrible, pero no es la receta para sacar al país de la miseria. La receta es empleo productivo y bien remunerado. Eso nada más lo hace la empresa, porque el gobierno lo único que hace es quitarle al sector productivo para luego dárselo a los burócratas, que hacen muy poco, sino es que nada.

No es con caridad, pero también creo que comienza a conformarse un consenso en el sentido de que si la capacidad del gobierno es limitada, tanto en México como en el resto de los países,  entonces la resolución de los problemas pasa por el organismo con más presencia en el mundo, que es la corporación, la gran empresa.

No, yo creo que eres optimista. Muchos no están en esa sintonía, muchos políticos creen que la riqueza nomás existe y que su chamba es repartirla. Se les olvida que hay que producirla, que no es fácil; se les olvida que los empresarios necesitan de incentivo, apoyo y apapacho. Ellos piensan que ahí van a estar trabajando como esclavos, y no es así. Y ahí es donde ves la gran diferencia entre los climas de inversión en distintos países. Así que yo no creo que aquí el gobierno tenga  totalmente claro eso.

¿Y los  empresarios sí?

Los empresarios sí, pero no nos preguntan, simplemente suben los impuestos, aumentan las regulaciones y nos desanima la clase política. Y bueno, unos aguantamos más que otros.

Sobre el negocio televisivo

¿Tú te ves como propietario o concesionario de la televisión?

Mira, el agua es un bien público. Dios da el agua, pero no la entuba. El agua hay que llevarla a la comunidad, y eso cuesta. Efectivamente, el espectro radioeléctrico es un bien público. Yo soy concesionario de un espectro, pero soy propietario de los edificios, de las cámaras, de las casa de producción, de las editoras. Eso no es parte del bien público. ¿Me entiendes? Es curioso, porque a los políticos les encanta decir eso (que es un bien público), pero no quieren estar en el 22, ni en el 11, ni en el 34, quieren estar en el canal 2 y en el canal 13 a las nueve de la noche, ¡en mi telenovela! Somos concesionarios del espectro, el cual está regulado por reglas claras que seguimos y respetamos, pero eso no les da derecho a los políticos sobre los contenidos y la infraestructura.

¿Estás de acuerdo en que los medios tienen una carga extra de responsabilidad ante la sociedad?

Sin duda. Los medios tienen una mayor vocación social porque están en contacto con la gente, y estamos conscientes de sus sueños y sus necesidades. Eso nos hace más sensibles; mal haríamos de no ser así, sino imagínate, ¿cómo programaríamos? La televisión tiene una responsabilidad muy importante respecto a la formación de lo que está bien y lo que está mal. Si una chica, por ejemplo, se pone un tatuaje, pues al rato todas las muchachitas de México se van a poner un tatuaje. El efecto de copia es muy importante. Eso sucede.

Esteban Moctezuma me comentaba que ustedes tienen como política de contenido ir en contra del estereotipo de la Barbie, de la chava rubia y blanca, como modelo de belleza, y eso es muy visible en La Academia. Ahora que vi a los chavos de Buscando a Timbiriche, en el canal 2, me di cuenta que Televisa también ya ajustó la barra en ese aspecto.

Nosotros tratamos de ser una televisión incluyente y nuestro pueblo es lo que es. Estoy muy orgulloso de La Academia. Ya llevamos cinco generaciones y es un programa muy exitoso. Me parece que el tema es impecable: la lucha de unos jóvenes por ser excelentes y sobresalir. Es el mejor ejemplo de movilidad social, ¿qué más que eso? La Academia nos ha dado muchas satisfacciones y también mucho dinero. Ojalá podamos inventar más de esos.

¿Es el mero rating lo que define el éxito o fracaso de un programa?

Si un programa no tiene audiencia, es irrelevante. Eso permite contar con patrocinadores…

¿Siempre que haya audiencia, habrá un patrocinador?

No necesariamente. Hay muchas audiencias que no son valoradas por los patrocinadores. Nosotros teníamos un programa llamado Ciudad Desnuda, que era muy visto y que denunciaba la criminalidad en las colonias populares. Ese programa no se pudo vender, porque a los patrocinadores les daba escozor. Es muy curioso, porque en Estados Unidos no hay ningún escozor; no importa qué clase de porquería hagas, si tiene audiencia, te la compran. Aquí todavía hay discriminación por parte del empresariado en ese sentido.   

Pero si el programa atrae al “target” al que se quiere llegar, ¿no es un error por parte del patrocinador no anunciarse? ¿No equivale a que intente controlar lo que el público quiere ver a través de la negación del patrocinio?

El empresario no está obligado a hacer lo que los clientes quieran. Siempre hay un criterio: si quiero, si me conviene y si me convence. Es su empresa, su riesgo y su capital.  Es válido que un empresario no quiera patrocinar un programa que no le guste. Opera al revés también: hay programas con poca audiencia, pero que tienen un atractivo para el patrocinador. Cada quien es libre de asociar sus marcas y productos con los contenidos que quiera. Eso es libertad.  

 Sobre Proyecto 40

¿Cómo va Proyecto 40, que es un esfuerzo que se inserta en una estrategia de explorar otra clase de contenidos?

Va bien, o sea …

La percepción general es que no va con la fuerza con la que debería ir.

Bueno, es un canal con cobertura enfocada en la ciudad de México,  ¡y en televisión de paga!

Y con muchos problemas para estar ahí.

No nos querían subir a Sky, no estábamos en Cablevisión, y todo eso nos ha atrasado. Hasta estos días lo están subiendo al cable de Monterrey. Ha habido muchas grillas. Si tienes un problema de distribución, pues de qué hablamos.  Pero yo me siento muy contento con la calidad de los integrantes que están en Proyecto 40. Hay más de 100 participantes del medio intelectual, cultural y político. Si ves sus hojas de vida, hay una diversidad total. Es un canal completamente abierto donde el que va puede decir absolutamente lo que quiera, igual que en Televisión Azteca. En la barra política hemos sido abiertos, muy abiertos. Inclusive algunos nos han querido llamar la atención por ser tan críticos. Tiene muchas cosas que hacer todavía. Es una apuesta muy arriesgada, porque igual a la gente no le interesa una televisión inteligente, igual y lo que quiere ver es más de lo mismo, y si es así pues eso es lo que habrá que darle. No se puede obligar a la gente a sintonizarse. Dentro de todo, está agarrando su nicho y eso nos da optimismo. Aunque todavía el canal pierde dinero y eso no está bien. (F)

(*) Los stakeholders, o “partes interesadas”, pueden ser personas que forman parte integral de la organización (empleados), personajes externos que están vinculados  económicamente a ella (clientes, proveedores) y entidades periféricas que, si bien no interactúan directamente con la empresa, sí influyen en las variables que contribuyen a determinar el contexto en el que se desempeña (comunidades, asociaciones de consumidores, Organizaciones No Gubernamentales,  políticos).

Radiohead destruye al CD

Wednesday, October 17th, 2007

Por Mauricio González Lara

 

En los 80, mi hermano era DJ, no la clase de artesano que ahora se ve en los antros electrónicos o en las listas de popularidad de la música dance, sino un sonidero de ambiciones modestas que simplemente disfrutaba pinchando discos. Gracias a mi hermano, me pasé toda mi infancia y adolescencia jugando y durmiendo a lado de varias cajas de discos de vinil. Me gustaban esos discos; lucían como algo valioso que demandaba aprecio y respeto. Por eso, cuando el CD, o disco compacto, se convirtió en el nuevo estándar de consumo, si bien se ganó en espacio y calidad de audio (con sus asegunes, pues como los enterados saben, el rock suena más vibrante en vinil que en digital), sentí que algo se perdía: no sólo en lo referente al arte que ilustraba las portadas de los vinilos, y que carecía de todo sentido en las dimensiones reducidas del CD, sino que el mismo trato hacia los discos cambió: era como si hubieran dejado de importar como iconos de afecto para tornarse en algo mucho más prosaico.

Conozco a muchos que protegen como oro su colección de vinilos; no conozco a nadie que sea particularmente celoso de sus CD’s. Sobre todo ahora que, como consecuencia del avance tecnológico, el periodo de vida útil del CD se ha acortado de manera dramática; es decir, cualquier melómano que cuente con el poder adquisitivo suficiente para comprar una computadora y un iPod, hoy únicamente compra el CD para descargarlo en el iTunes. Una vez realizado el proceso, el CD se guarda y no se vuelve a usar. ¡Yo cuento con alrededor de 1,800 CD’s que casi nunca uso! Mi computadora está conectada al sistema de sonido; es lo más cómodo del mundo: cuando hago una fiesta, la gente selecciona lo que quiere oír en la laptop (y si no lo encuentran, se conectan a Youtube.com y ponen el video). El reguero de CD’s tirados junto a vasos y colillas de cigarro es ya una memoria borrosa que ahora asocio con mis escapadas veinteañeras. Es más, la única razón por la que adquiero CD’s es porque en nuestro país no opera la tienda de iTunes (que permite “downlodear” casi cualquier canción de cualquier disquera por 99 centavos de dólar); si operara, ya no compraría CD’s, a los cuales nunca les vi ningún valor como objetos en sí mismos. El CD es un producto malo y caro que merece perecer. Las tiendas discográficas lo saben, las compañías disqueras lo saben y los músicos lo saben, aunque sólo estos últimos parecen estar haciendo algo al respecto.

El pasado 10 de octubre, la banda británica Radiohead, el grupo popular de rock más vanguardista y talentoso de los últimos 10 años, lanzó al mercado In Rainbows, su nuevo álbum. El disco, un triunfo absoluto en términos artísticos, pasará a la historia como el inicio del fin del CD. ¿Por qué? Radiohead, en plena comprensión económica de la tecnología como herramienta para eliminar intermediarios, se saltó a todos: a las compañías discográficas, a las tiendas, al disco compacto y hasta la noción misma de la fijación de precios. Sencillamente puso el disco a la venta en su sitio y dejó que sus fans lo bajaran por la cantidad que ellos quisieran.

¿Que vale 20 libras? Perfecto, que descuenten de la tarjeta de crédito 20 libras. ¿10 libras? Vale, 10. ¿0 libras? Bueno, ok, también se puede bajar el disco por 0 libras, gratis y desde cualquier parte del mundo. El disco apenas tiene una semana de haber salido y ya cuenta con 1.5 millones de downloads. Y aunque todavía no dan el informe oficial, varias fuentes cercanas a la banda aseguran que el precio promedio es de 6 a 8 libras, lo que significa que los fans apreciaron el gesto de la banda liderada por Thom Yorke y optaron por pagar un precio bastante cercano a lo que hubiera costado en las tiendas. Este es el evento más importante del año en la industria del entretenimiento; un éxito rotundo que tiene temblando a muchas personas. Sólo es cuestión de meses para que otros artistas populares cuyo contrato con las disqueras esté a punto de vencer sigan el ejemplo de Radiohead. ¿Quién garantiza que en menos de un lustro Madonna, Justin Timberlake o bandas que han hecho del Internet su principal brazo de promoción, como Café Tacuba, no hagan lo mismo?

No creo que esto necesariamente suponga el fin de las compañías discográficas; nada más músicos muy consolidados podrían aplicar la estrategia Radiohead, cualquier otro artista emergente siempre necesitará de recursos económicos y promocionales que hasta ahora sólo una disquera formal puede ofrecer. Sí implica, sin embargo, una redefinición diametral de la manera en que se distribuye y comercializa la música, lo que incluirá, como conclusión inevitable, el fin de la era del disco compacto. El CD está muerto, simplemente no sabemos con exactitud la fecha del funeral. (F)

P.D. Por cierto, México fue uno de los países que registró un mayor número de descargas de In Rainbows, lo que demuestra una vez más la importancia estratégica del mercado mexicano en el esquema global del entretenimiento. Por eso, pregunto: ¿cuándo vamos a ver iTunes México?

Calderón, los empresarios y la telenovela nacional

Monday, October 15th, 2007

Por Mauricio González Lara

En estos días, Televisa, el grupo de medios de comunicación más grande de habla hispana, celebra con bombo y platillo los primeros 50 años de existencia de las telenovelas, un género que si bien en términos estrictos no fue inventado en México, sí fue perfeccionado, popularizado y comercializado local e internacionalmente por la televisora a grados de éxito que se antojan casi insólitos. La importancia alcanzada por las telenovelas es en extremo palpable en nuestro país, donde, sin afán de exagerar, han desempeñado un rol superlativo en la cultura popular de las últimas cinco décadas. Al pueblo mexicano le encanta verse reflejado en los arquetipos melodramáticos de los también llamados culebrones, donde ser pobre es bueno, ser rico es malo, sólo los villanos son adúlteros y el amor siempre triunfa.

Para algunos, las telenovelas han cumplido con excelencia su función de entretenimiento (una labor social de los medios, quizá la principal); para otros, son el alimento de un conformismo cultural que poco tiene de responsable. Carezco de argumentos para pronunciarme a favor de una dirección u otra, pero lo que sí sé es que en México tendemos a decodificar la realidad en términos narrativos muy simplones, parecidos, en exceso, a los de las telenovelas. Así nos sucedió en el 2006, cuando muchos interpretaron, o decidieron interpretar, el encono electoral como una lucha entre derechistas e izquierdistas, entre “yunquistas” y “chavistas”, o peor aún, entre el “bien” y el “mal”, o el “mal y el “bien” (dependiendo de la tendencia de cada lector).

No hay grises ni medios tonos en México. Si todo lo vemos en blanco o negro, cómo entender al otro, cómo alcanzar consensos que permitan crear una meta común que permita avanzar en lo esencial a la nación que componemos todos, más allá de las diferencias ideológicas. Es un problema serio que se da en todos los niveles, incluido, desde luego, el empresarial. Y no me refiero a la proverbial tendencia al interior del grueso de la comunidad ejecutiva de denostar casi por reflejo cualquier proyecto de izquierda, una dinámica tan maniquea como la que muestran algunos activistas de izquierda en su afán de conceptuar a los hombres de negocios como un grupo de ambiciosos explotadores, sino a una tan común, tan inmanente a la personalidad nacional, que ya ni siquiera es registrada por los grandes empresarios: la de echarle la culpa de todos los males del país al gobierno en turno, como si la conducción de México no fuera responsabilidad de todos sus líderes, y en especial de los empresariales, quienes son los que a fin de cuentas cargan con la obligación de generar riqueza, y no sólo utilidades. En efecto: la clase empresarial del país abunda en descalificaciones cuando se trata de señalar los males de la clase política, pero cuando se trata de asumir responsabilidades, la autocrítica brilla por su ausencia, como si el quehacer nacional fuera una telenovela en la que sólo existen buenos y malos, pero no coautores del mismo melodrama.

El botón de muestra más reciente de esta dinámica lo constituyen las reacciones al discurso pronunciado por el presidente Felipe Calderón Hinojosa el pasado 21 de septiembre, en el marco de una comida que sostuvo con los personajes que a juicio de la revista Líderes Mexicanos, propiedad de Jorge y Raúl Ferráez, son los “300 líderes” más importantes del país, y donde estaban concentrados intelectuales, deportistas, periodistas y empresarios (sobre todo empresarios). Al final del artículo doy los links en texto, video y audio a la versión completa del discurso, por lo que me limitaré a reproducir algunos de los puntos más controversiales:

Hay generaciones y sus minorías selectas que nunca se asumen corresponsables de su tiempo. (…) Cuántas veces en nuestro México se ha roto nuestro tiempo, cuántas veces hemos perdido, cuántas crisis económicas en nuestro México reciente han mandado a más de la mitad de los mexicanos a la miseria otra vez. (…) Cuántas fortunas se han construido sobre la sangre y sobre el dolor de esa mitad de mexicanos. (…) Cada uno de ustedes tiene algo qué hacer, porque cada una y cada uno de nosotros tuvo más oportunidad en este México quebrado por el dolor de la injusticia y la desigualdad. Tuvo mucho más posibilidades que cualquier otro, tuvo más posibilidades que una niña que ni siquiera llegó a los dos años de edad en la montaña de Guerrero. Tuvo más oportunidades que un tarahumara en la Barranca del Cobre, tuvo más oportunidades que una joven en las orillas de Chimalhuacán que ha sido prostituida a sus 13 años en La Merced en la Ciudad de México. (… ) Allá afuera, hay un México, ciento cinco y pico millones de mexicanos esperando a ver a qué horas hay una fuerza nacional capaz de entenderse y hablar. Yo los invito a ser congruente entre lo que soñamos, decimos y hacemos y, sobre todo, a creer y a creer firmemente en México, a transformarlo, a hacerlo, a transformarlo con audacia, con fuerza, a ser capaces de responder y de rebasar los límites de lo humanamente esperable, los límites de lo conservador, de lo sensato, de lo prudente (…) Así que, amigas y amigos, transformemos a México y entonces sí nos llamaremos líderes del país.  

Cuando leí por primera vez el discurso, me pareció impecable: a diferencia del tono cursi y facilón de su imaginería de campaña (¡esos arranques a la Miguel Angel Cornejo sobre el México panbolero y ganador de la la sub-17!), este mensaje no sólo se destacaba por su limpieza retórica y franca emotividad, sino porque, a su manera, conminaba a las clases dirigentes a dejar de actuar como si estuvieran inmersos en una telenovela, para en cambio concebirse como músicos centrales en un esfuerzo compartido, en una “sinfonía”. En un inicio, el discurso fue aplaudido y elogiado en la mayor parte de los medios de comunicación; sin embargo, para mi sorpresa, a casi un mes de distancia y tras haber hablado personalmente con ocho de los empresarios listados en el ranking de Líderes Mexicanos, así como con varios de los intelectuales y periodistas citados en éste (y que a su vez han hablado con otros hombres de negocios), puedo afirmar categóricamente que un sector amplio de los asistentes lo tomó como un regaño del que aún no se recuperan.

Hay, claro, excepciones (Claudio X. González Guajardo y Esteban Moctezuma me externaron, por ejemplo, que era lo mejor que le habían escuchado al presidente), pero para expresarlo en palabras de uno de los asistentes que me pidió, por obvias razones, no revelar su nombre, “uno no puede ir en contra de sus aliados”. Y es que para ciertas castas empresariales, el discurso de Calderón es el golpe más reciente en una serie ofensiva que comenzó con la reforma fiscal (con el famoso IETU y la intentona de eliminar la deducibilidad de las donaciones filantrópicas), siguió con las desavenencias con los medios de comunicación electrónicos a causa de la reforma electoral (y que puso a pensar a otros sectores sobre la viabilidad de ciertos privilegios que siempre han dado por sentados en materia de libre competencia), y ahora se consolida en una especie de “reproche moral” por parte del ejecutivo.

En la clásica visión telenovelera del “quehacer nacional”, un presidente panista debería tener como aliados incondicionales a los principales empresarios de la nación; en el México real, sin embargo, hoy las dos partes son aliados distantes. La pregunta es: ¿qué escenario es el que le convendrá más al país? Al tiempo. (F)

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Próxima entrega: Radiohead destruye el CD

¡Bienvenidos a Altaempresa.com!

Tuesday, October 9th, 2007

¡Bienvenidos a Altaempresa.com!

Altaempresa.com es un blog mexicano de negocios, tendencias e ideas que se actualizará, a partir de esta entrega,  todos los lunes y miércoles. Altaempresa.com es totalmente independiente, por lo que las ideas y opiniones aquí expresadas serán responsabilidad exclusiva del autor.

Sí, ya sé, muchos se preguntarán: ¿realmente necesitamos otro espacio de opinión en materia de negocios? ¿No estamos ya atiborrados de información sobre el tema, tanto en los medios impresos como en la Red? No lo creo; sí, acepto, desde luego que el ejecutivo moderno se encuentra inmerso en un infierno mediático que a veces se antoja como asfixiante o excesivo, pero por esa misma razón necesita de espacios de reflexión independientes que, sin ninguna clase de agenda oculta, le permitan relajarse y reflexionar sobre los acontecimientos e ideas que le sean más relevantes a su vida laboral e intelectual, en lugar de continuar aturdiéndose con la lluvia irrelevante de datos que obtiene de otras fuentes. Nuestra intención, más que reportar los últimos acontecimientos  o brindar “exclusivas”, es contribuir a elevar el debate empresarial en México. Ni más, ni menos. Para hacerlo, Altaempresa.com se guiará bajo los siguientes principios:

  1. Desenfado. El periodismo de negocios está repleto de solemnidad y pesadez. Aquí, la idea es que, además de informarse, el lector se pase un buen rato y pueda retroalimentar su intereses con el autor y la comunidad de lectores. Así que no sólo se vale opinar, sino que, por favor, ¡háganlo!

  2. Independencia. A veces, cuando se revisan algunas columnas de negocios en los diarios y las revistas, pareciera ser que el periodismo de negocios se ha convertido en una extensión de las Relaciones Públicas. En Altaempresa.com nos comprometemos a no ser una mera caja de resonancia de las agencias de RP. Adoramos la publicidad y le damos la bienvenida a cualquier interesado en publicitarse por este medio, pero por respeto a los lectores y a los mismos anunciantes, rechazamos la idea de publicar comerciales disfrazados de contenido. Si algo nos gusta, pueden estar seguros que se los comunicaremos porque en verdad nos sentimos así.

  3. Puntualidad. Actualizaciones todos los lunes y miércoles.

  4. Respeto. Salvaguardaremos a toda costa el respeto por el lector. Asimismo, demandaremos la misma actitud de los lectores hacia el autor y la comunidad. Se vale disentir y expresar lo que sea, siempre y cuando no sea escrito con un lenguaje ofensivo o procaz.

  5. Objetividad. La objetividad total no existe, no obstante, sí pensamos que es un ideal a seguir, sobre todo en el periodismo, así sea opinativo. Si somos injustos o tendenciosos, por favor expresen su descontento. Si nos dan razones válidas, siempre estaremos dispuestos a rectificar, siempre.

  Estos principios serán nuestra brújula en un viaje que, estoy seguro, será divertido e interesante.

-Mauricio González Lara

Próxima entrega (15 de octubre): Calderón y los empresarios, ¿aliados distantes?