Archive for December, 2007

Amazon y el fin del libro como lo conocemos

Monday, December 17th, 2007

 

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Por Mauricio González Lara

Hace unos meses, antes de participar en un panel sobre “el futuro de la mercadotecnia” en la Universidad Panamericana, unos estudiantes me preguntaron por qué había decidido estudiar periodismo. Les contesté que siempre me había gustado la comunicación y que el periodismo me permitía contar con un margen de maniobra lo suficientemente grande para explorar esa inclinación natural de mil maneras posibles. Y es cierto: un periodista puede sumergirse en diversos campos ajenos, por lo menos a primera vista, a la mera cobertura informativa.

Sin embargo, confieso que mentí: ésa no fue la razón por la que estudié periodismo. Lo hice por un motivo mucho más egoísta: a principios de los 90, con el advenimiento de Internet, el imparable avance en las telecomunicaciones y la caída del muro de Berlín, el mundo lucía increíblemente atractivo en su naturaleza cambiante. Y bueno, ¿qué mejor manera de estar en la primera fila del show que el periodismo? Al pasar de los años, para varios periodistas de mi generación cada vez era más evidente que la tecnología iba a ser el alma de ese espectáculo, la punta de lanza de los cambios telúricos que redefinirían la manera en la que concebimos nuestras vidas.

No nos equivocamos: la “revolución digital” se ha convertido en la gran historia de nuestros tiempos. Punto. En años recientes se han dado innovaciones tecnológicas cuyo valor iconoclasta es tan fuerte, tan contundente, que se han transformado en referentes culturales de cualidades casi antropológicas. En 50 años, cuando nuestros sucesores busquen comprender el momento en que cambió dramáticamente la manera en que comenzamos a decodificar la información, y por ende nuestra visión misma de la existencia, no van a mirar a la bitácora de la Cámara de Representantes de Estados Unidos (ni mucho menos a la de San Lázaro), sino que van a revisitar la historia de Google y Apple, a la vez que analizarán como esas generaciones aceptaron el paradigma de elevar sus cerebros a un estadio mental en el que absorber y descartar datos de millones de fuentes distintas se tornó, casi de repente, en algo tan sencillo como deslizar los dedos por la rueda de control de un iPod para seleccionar una canción, una entre 10,000.

Todo esto viene a colación porque hace apenas unos días, Jeff Bezos, el CEO de Amazon, la librería virtual más exitosa del mundo, presentó el Kindle, un lector de libros electrónicos que, lo acepten o no sus detractores (e independientemente de que el Kindle sea un éxito o fracaso económico), marca el inicio de otro cambio telúrico, de esos que serán estudiados en los años por venir: el fin del libro como lo conocemos.

[QUICKTIME http://www.altaempresa.com/videos/intronormal.mov 320 257]

Apuesta arriesgada

¿Cómo es el libro del futuro, o mejor dicho, el reproductor del libro del futuro? El Kindle, blanco y delgado, pesa 300 gramos y es capaz de almacenar 200 libros electrónicos; proporciona a sus poseedores una autonomía de batería de alrededor de 30 horas, la cual carga en dos horas, e incluye una herramienta que permite a sus usuarios suscribirse a las descargas diarias de las ediciones digitales de periódicos como The New York Times y The Wall Street Journal por precios que oscilan entre los 3 y 10 dólares.

El Kindle tiene un costo de 399 dólares y, a lo más, la tienda cobra 9.99 dólares por descargar cada uno de los 90 mil títulos electrónicos que ofrece hasta ahora (aun que el precio disminuye significativamente si el libro no es un bestseller). Los títulos, así como las suscripciones a las revistas y diarios, se bajan a través de un sistema inalámbrico montado sobre un servicio de cobertura de telefonía celular, lo que hace al Kindle independiente de los tradicionales Hot spots/Wi Fi. La cereza del pastel es una pantalla amigable, no luminosa y con tipos de letra ajustables, que permite leer con suma comodidad visual.

Como sucedió con el iPod, el Kindle no es el primer reproductor de su tipo (Sony ofrece ya desde hace algún tiempo un aparato similar), pero sí es el primero en crear un ecosistema funcional que lo dote de irrebatible atractivo. Al igual que el iPod, que cuenta con la ayuda de la tienda virtual de música iTunes, el Kindle cuenta con el apoyo de la librería virtual más grande del mundo. La sinergia le ha permitido a Amazon desplegar una campaña mercadotécnica que ha incluido portadas en Newsweek, conferencias de prensa internacionales y hasta videos promocionales de autores como Toni Morrison, ganadora del premio nobel de literatura.

No a todos les ha gustado el Kindle. Varios analistas apuntan que el elevado precio lo vuelve inaccesible y poco práctico (pese a su ligereza y tamaño, muy pocos neoyorkinos se arriesgarían a andar cargando en el metro un aparato de 399 dólares con la ligereza con la que llevan un diario). Otros argumentan que, a diferencia del CD, el libro sí es un objeto que guarda un alto valor en sí mismo: va a ser complicado que los amantes de la literatura cambien sus ediciones de pasta dura de Cien años de soledad o incluso la saga de Harry Potter por la versión del Kindle (y ya no hablemos de los aficionados a libros de arte o “coffee table books” estilo Taschen, para quienes debe ser anatema toda la idea).

En lo personal, concuerdo en que el libro como objeto físico guarda un valor intrínseco que le evitará dejar de existir. Empero, el resto de las críticas, si bien pueden ser válidas hoy, ya no lo serán mañana. El precio bajará con el tiempo, de la misma manera que sucedió con los reproductores de MP3; asimismo, cualquier falla en el diseño puede ser mejorada en los numerosos upgrades que seguramente le seguirán a esta edición original. Además, hay algo en el Kindle que le da un aire de inevitabilidad: para el lector que revisa libros ajenos al genuino quehacer literario, así como numerosos periódicos y revistas, para ese individuo cuya casa parece bodega de papel, el lector de Amazon suena a sueño hecho realidad. Aceptémoslo: desde luego que hay títulos que me gusta almacenar y revisitar, pero hablando en términos francos, el 50 por ciento de los libros que consumo son producto de la moda o el interés coyuntural. ¿En verdad me interesa guardar en el librero La Diferencia, de Jorge Castañeda y Rubén Aguilar, o la última novela de Stephen King? Desde luego que no, en especial si lo puedo guardar en una memoria o algún lugar del ciberespacio en el remoto caso de que desee leerlos de nueva cuenta.

El Kindle es un paso importante, y sin embargo, los actores que debieran estar más al pendiente de su evolución, la prensa escrita y las casa editoriales, no le han dado la cobertura que el asunto sin duda merece. Es una lástima. Ojalá no les suceda lo mismo que a las hoy decadentes disqueras y no comiencen a interesarse en las posibilidades tecnológicas hasta que éstas ya los hayan rebasado por completo. Por mi parte, si viviera en Estados Unidos, yo ya tendría un Kindle; esto, claro está, si no se encontraran agotados para las fiestas navideñas y no tuviera que apuntarme en la lista de espera de Amazon. (F)

+Kindle significa “encender” o “iluminar”. Como en “The sunset kindled the skies” o “No spark had yet kindled in him an intellectual passion”.

Con motivo de las fiestas navideñas, Altaempresa estará de regreso en enero con un especial de los ganadores y perdedores del 2007. Les deseo una muy feliz navidad y un muy prospero 2008.

Trabajar desde casa, pros y contras de ser un “llanero solitario”

Wednesday, December 12th, 2007

El escenario es tan clásico como frustrante: imagine que usted está en una fiesta y decide platicar con personas relativamente desconocidas, “amigos de amigos”. Para romper el hielo, comienza a hablar de lo difícil que le resulta atravesar el tráfico para llegar a su trabajo, o sobre lo demandante que es dejar a los hijos en la escuela cuando hay que estar a las 9 de la mañana en una junta, o simplemente del extenuante tiempo que pasa en la oficina día tras día.

 -¿Y tú cómo le haces?, pregunta usted con dudosa curiosidad.

–Yo trabajo desde mi casa- responde el interlocutor, no sin un dejo de ironía malintencionada orientada a hacerlo sentir como un triste burócrata.

Peor aún, el “amigo de su amigo” le empieza a contar que él trabaja desde su casa porque es “freelance” y la naturaleza de su trabajo es “creativa” (o sea: diseñador, experto en cómputo o escritor); así las cosas, su naturaleza innovadora e independiente lo salva de codearse con tipos trajeados, con oficinistas grises que simplemente no le ayudan a generar ideas. Usted, obvio, finge que el comentario le resulta inocuo, pero en realidad se siente perturbado y, una vez que termina la plática, corre a la barra a servirse un trago y reflexiona sobre la supuesta miserabilidad de su existencia.

“Trabajar desde la casa” suena a sueño hecho realidad: horarios flexibles, tiempo para la vida personal y, sobre todo, la carencia del estrés inherente al trabajo de oficina (jefes exigentes, compañeros de trabajo antipáticos, espacios físicos reducidos, etcétera). ¿Le agrada la idea? Seguramente sí.

Hasta hoy, son muy pocas las compañías mexicanas que han tomado en cuenta lo anterior, por lo que es raro encontrar empresas con esquemas que permitan -cuando las funciones del puesto también lo facilitan- que sus empleados se incorporen a formas de trabajo tendientes al desempeño en el hogar. ¿Y sabe qué? En buena medida, tienen razón.

Sé que no es una noción muy popular, e incluso habrá personas que la tachen de controversial y retrograda, pero a menos de que usted sea un artista que necesite de reclusión total para materializar su obra, el trabajar desde la casa es una muy mala idea. La causa no radica en que promueva la indisciplina o esquemas laxos de supervisión que garanticen la eficacia –si bien algo podría argumentarse al respecto-, sino en una razón más sencilla: los “llaneros solitarios” no son personas que promuevan la creatividad; por el contrario, la innovación es un fenómeno que explota a través de la interactividad y de formas de convivencia social sólidas y constantes.

En el célebre ensayo Group Think: What does “Saturday Night Live” have in common with German philosophy (The New Yorker, diciembre 2002), Malcolm Gladwell, autor de Blink: Inteligencia Intuitiva, reflexiona al respecto y llega a una interesante conclusión: aunque a veces estemos inclinados a pensar lo contrario, los genuinos innovadores no son personas solitarias ajenas a la necesidad del reconocimiento social que muchos anhelamos.

De hecho, señala Gladwell, sólo tres grandes pensadores a lo largo de la historia han sido “llaneros solitarios”: Wang Chung, teórico del taoísmo metafísico que ayudó a definir el tenor religioso del primer siglo después de Cristo; Bassui Tokusho, importante místico zen del siglo XIV, e Ibn Khaldun, intelectual que marco la filosofía árabe de los siglos XIV y XV. Todos los demás han sido productos de la convivencia. Freud delineo los fundamentos del psicoanálisis, pero el génesis de esos fundamentos se da 1902, cuando Alfred Adler, Wilhem Shekel, Max Kahane y Rudolf Reitlwer se reunían a tomar café en la casa de Sigmund. Pisarro, Degas, Monet y Renoir asistían a las tertulias del Café Guerbois de la Rue des Batignolles. Jean Luc Godard no sería director de cine si no hubiera conocido a Francois Truffaut y Claude Chabrol –a la postre también directores- cuando escribía en la redacción de la revista Cahiers du cinema, en la década de los 50. Y la lista sigue: del existencialismo alemán a los comediantes del programa “Saturday Night Live”, la constante es evidente: para innovar se requiere de retroalimentación, de un intercambio inteligente y propositivo.

Gladwell puntualiza que no es que la innovación sea el factor de atracción para formar “grupos inteligentes”, sino que la innovación se genera en “grupos inteligentes”. La validación, la conversación, la intimidad y el brillo en los ojos de la otra parte cuando detecta algo original, son los elementos que le dicen a una persona si su idea es algo que valga la pena explorar. Una empresa es innovadora cuando construye “sociedades de admiración mutua” entre sus ejecutivos más inteligentes; cuando logra que sus elementos más valiosos interactúen con el mismo “timing creativo” que despliega un buen grupo de comediantes. Las ideas interesantes nacen de esa clase de interacción; y no de un tipo arrogante que se congratula a sí mismo en las fiestas por no tener que convivir con los demás. Hasta “El Llanero Solitario” contaba con “Toro” para rebotar ideas. (F)

Rock y mercadotecnia: del Rockampeonato al Corona Music Fest

Wednesday, December 5th, 2007

Por Mauricio González Lara 

Si sólo nos atuviéramos a la definición clásica del término, podríamos decir que el “rock” es un género musical derivado del blues que se utiliza para denominar a una composición ejecutada por un grupo compuesto por guitarras, bajo, batería y, en algunos casos, teclados y/o sintetizadores. Eso, claro, si las palabras estuvieran vinculadas a significados rígidos. Afortunadamente, el mundo es más complejo que eso, por lo que prefiero quedarme con otras dos descripciones. La primera es de Lester Bangs, el legendario crítico estadounidense de la revista Musician:

“El rock es algo que te hace sentir vivo, que te energiza y que está atado a una urgencia natural. No es un ritmo o un género musical; el punk es rock, pero también los es Charles Mingus y el free jazz. Más que música, el rock es energía e integridad, una postura, más que una expresión.”

La segunda descripción es  de Jack Kerouac,  autor de En el camino. Si bien las líneas no fueron escritas pensando específicamente en el rock, siempre asocio el sentido de libertad de las mismas con la gente que encarna el verdadero espíritu de éste, porque a fin de cuentas, Kerouac era rock:

“La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.”

¿Romántico? Sin duda. ¿Cursi? Quizás, pero esa “expansividad” descrita por Bangs y Kerouac es la que ha mantenido al rock como un fenómeno vivo y presente en la cultura juvenil por más de cinco décadas. Bajo esa óptica, no es gratuito que las marcas cuya imagen está construida en función de cualidades como la juventud, el vigor, la diversión, la libertad y la integridad busquen asociarse con el rock.

La relación entre la mercadotecnia y el rock ha evolucionado de manera dramática en las últimas décadas. En los 80, con la explosión de MTV y el reino de la imagen, además de hacer multimillonarios a estrellas pop como Michael Jackson y Madonna, marcas como Pepsi y Coca Cola firmaban a estrellas como David Bowie y Tina Turner para protagonizar costosísimos comerciales que lucían más como video musicales que como anuncios. En los 90, como consecuencia del credo anticomercial del movimiento que definió esa década (el “Grunge”), las grandes estrellas de rock (Nirvana, Pearl Jam, Smashing Pumpkins) se mantuvieron alejadas de firmar contratos publicitarios -fuera por decisión propia, fuera por temor a que sus fans los acusaran de “venderse”-, por lo que las marcas se circunscribieron al patrocinio de giras de astros pop y a uno que otro emergente acto electrónico.

En esta década, los resquemores anticomerciales han desaparecido: hoy casi no existe ningún artista que no esté dispuesto a ser patrocinado si el precio es lo suficientemente alto. De hecho, muchas veces el atar una canción a un anuncio puede ayudarle a un grupo a penetrar en un mercado específico; es decir, varios artistas ven a la “asociación de marca” como una forma más de publicitar su música, y no al revés. Una forma relativamente nueva de “asociación de marca” con el rock es vender el nombre de un festival a un producto que busque legitimizarse frente a un target clasificado como “trendsetter” o “generador de tendencias”. En México, esta clase de marketing de asociación se ha manifestado a través de tres eventos masivos: el Rockampeonato Telcel, el festival Motorokr (Motorola) y el Corona Music Fest. El primero es un éxito total; el segundo, un hit, y el tercero, una franca decepción.

Del Rockampeonato Telcel a la desorganización del Corona Music Fest

Hasta hace apenas un par de décadas, en el rubro de conciertos y espectáculos, México era una de las naciones más aburridas del mundo. No había casi nada, ni en materia de eventos provenientes del exterior, ni en materia local. El estigma parroquial que pesaba sobre la realización de estos shows, en especial los asociados con el rock, los clasificaba como peligrosos e inmanejables. Hoy todo es diferente. No sólo por la cantidad de conciertos que se celebran con artistas extranjeros de alta escala, sino porque la efervescencia cultural del país ha derivado en que su “escena” roquera sea una de las más interesantes del orbe.

Bajo este contexto, las marcas han respondido yendo más allá del clásico patrocinio, atándose al mismo nombre del espectáculo, o en algunos casos, organizando el mismo evento. El más exitoso, en mi opinión, es el Rockampeonato Telcel, el cual consiste en un concurso de bandas amateurs provenientes de diferentes puntos de la República Mexicana, las cuales, tras una serie de eliminatorias en varias ciudades, compiten por la oportunidad de obtener un contrato discográfico y participar en futuras giras a lo largo y ancho del territorio nacional.

El concepto, lanzado en el 2006, es difícilmente nuevo, pero funciona; quizá porque Telcel, a diferencia de otras marcas que sólo firman un contrato y se desentienden del aspecto operativo, toma el control de los eventos de principio a fin: contrata y supervisa a sus aliados (la disquera Noiselab y figuras de credibilidad roquera como “la Reclu”, locutora de Reactor), vigila la correcta aplicación de la publicidad, crea la impresión de que se preocupa por impulsar al talento nacional, no cobra la entrada a los eventos (los costos son relativamente mínimos si se consideran los miles de jóvenes a los que se les fideliza en los conciertos), despliega recursos por todo el país (lejos de concentrarse en el DF), comunica en plan multimedia la gira (con blogs que relatan lo que sucede ciudad por ciudad), y consolida un circuito perfecto con los recursos del imperio Slim que incluso le permite vender el CD de la banda ganadora en las tiendas Mix up a menos de 50 pesos. El resultado: un evento sólido destinado a crecer más en el 2008 y que ha logrado lo que lucía como misión imposible: hacer ver a Telcel como una marca “cool”.

Otro evento de asociación de marca que llamó la atención este año fue el Motorokr, de Motorola, un festival celebrado el 19 de octubre en el Foro Sol y que contó con la participación de The Killers y Dandy Warhols, entre otros. Motorola cuenta con una amplia experiencia en publicidad orientada a la cultura juvenil. En ese aspecto, su publicidad es una de las más vanguardistas a escala mundial. El concierto, que tuvo el buen tino de contratar a The Killers en uno de sus puntos más altos en popularidad, fue efectivo; no obstante, para el nivel de calidad y propuesta que se asocia con Motorola, distó de ser sensacional. El evento no estuvo sold out y quedó la impresión de que faltó interactividad con los teléfonos y las aplicaciones web de Motorola. Quizá para la siguiente vez, si es que sucede un Motorokr 2008, podamos ver un concepto más interesante y propositivo.

Finalmente, el pasado 1 de diciembre se celebró el Corona Music Fest, en la explanada del Estadio Azteca, un festival en el que participaron Iggy Pop, !!!, Plastilina Mosh, Grand National, entre otros. En las semanas anteriores al festival, se corrieron una serie de rumores en el sentido de que las bajas ventas de boletos obligarían a cancelar todo el asunto. Con apenas dos semanas de anticipación, el anuncio de la cancelación sí llegó, pero bajo el argumento de que el Estadio Azteca no podía ceder las instalaciones debido a que se iba a jugar un partido de futbol (¡!); ese mismo día, horas más tarde, los organizadores anunciaron que siempre no, que el festival sí se iba a realizar, pero en la explanada, no en el Estadio. Días después, Ache Producciones, operadores del Corona Music Fest, informa que LCD Soundsystem, el segundo acto en importancia del festival, ya no va a participar porque el grupo se había quedado con la idea de la cancelación y ya habían regresado todo el equipo. (En un comunicado, James Murphy,  líder de LCD Soundsystem se lamenta del hecho, aunque en tono irónico se mofa de que nunca le había pasado que un festival se “descancelara” de la noche a la mañana.) Y bueno, por último, horas antes del show, Los Amigos Invisibles, banda venezolana programada originalmente como una de las potenciales sorpresas del festival, cancela también.

El consumidor que compró desde el primer momento su entrada, obvio, nunca se enteró de estos cambios hasta que llegó al concierto, donde ya era prácticamente imposible devolver el boleto (vaya, de hecho era difícil reembolsarlo con anticipación, pues hasta 48 horas antes del evento los ejecutivos de Ticketmaster no estaban enterados de las modificaciones en el programa y se negaban a restituir monetariamente el ticket, pese a que Ache Producciones señalaba en la página web del festival todo lo contrario). El saldo: una explanada del Estadio Azteca medio vacía (apenas 15,000 personas, según los calculos más optimistas) y la sensación de que Corona no es una marca que garantice la calidad de los eventos con los que asocia su nombre.

Durante décadas, Grupo Modelo ha desdoblado una estrategia mercadotécnica que ha posicionado a Corona como una de las cervezas premium en el mundo. Uno de los elementos sustanciales de esa dinámica ha sido la conexión que la marca ha tenido con la juventud. Esta clase de esfuerzo requiere tiempo y talento, por lo que sinceramente espero que su personal de mercadotecnia se ponga las pilas y no merme el éxito alcanzado hasta ahora. El rock no es para todos. (F)

P.D. La foto del legendario Iggy Pop, lo único verdaderamente rescatable del Corona Music Fest, es una cortesía de Toni Francois. Su remarcable sitio web, un invaluable testimonio gráfico de la historia reciente del rock en el país, es Tono.tv