Archive for March, 2008

El lado oscuro de Steve Jobs

Wednesday, March 26th, 2008

Por Mauricio González Lara 

Hay un diálogo memorable en la por demás mediocre Confidence (2003), cinta dirigida por James Foley,  que define a la perfección el dilema por el que atraviesa Steve Jobs, líder de Apple, la empresa de tecnología y bienes de consumo electrónico más innovadora del planeta. Ocurre casi al comienzo de la película, cuando Winston King,  el capo de capos interpretado por Dustin Hoffman, le cuenta una anécdota criminal de juventud al ambicioso y estilizado estafador Jake Vig (Edward Burns):

“Cuando empezaba en este negocio, una de las cosas que me preocupaba más era el estilo. Estaba obsesionado con verme bien y hacer las cosas con un estilo único que los demás identificaran y pudieran admirar. Por eso, cuando di mi primer golpe importante en contra de una banda rival, y obtuve mi primera suma considerable de dinero, lo primero que hice fue comprarme un hermoso traje blanco. ¡Me veía increíble de blanco! Las mujeres querían estar conmigo y los hombres me invitaban tragos. Era un día de asueto, recuerdo, porque nadie fue a trabajar ese día. Los bares estaban llenos. Todo iba muy bien, hasta que de repente escuchamos unos tiros. Eran los de la banda rival buscando venganza. Una vez que pasó el tiroteo, me percaté de que me habían herido. De todos los que estábamos ahí, ¡era el único al que le habían dado! Fui el primero al que vieron y al primero al que le dispararon. ¿Sabes qué aprendí ese día? Que poseer estilo puede ser peligroso. Me di cuenta que lo primero a lo que le tiraron fue al traje blanco. Por eso no he vuelto a usar un traje blanco en mi vida. A veces, el exceso de estilo te puede llevar a la tumba.”

Afirmar que Steve Jobs es hoy por hoy el empresario más importante del orbe no es ninguna exageración. No tiene competencia en activo: si bien su peso seguirá siendo un factor sustantivo en la toma de decisiones de Microsoft, Bill Gates parece cada vez más preocupado en las labores filantrópicas de su fundación que en cuestiones monetarias; Warren Buffett, director de Berkshire Hathaway y quizá el financiero más sagaz de nuestros tiempos, está a unos pasos del retiro, y si bien existen otros hombres de negocios carismáticos allá afuera, ninguno está a la altura de Jobs.

Nadie se lo puede regatear, Jobs es un gigante que ha cambiado dramáticamente al mundo, no una, sino varias veces: desde la invención y comercialización de la Macintosh, la primera computadora amigable para el público general, al lanzamiento a mediados del año pasado del iPhone (la pieza de consumo masivo más estilizada en materia de convergencia tecnológica inventada hasta ahora), pasando por su papel como financiador principal de Pixar, el taller de animación ahora propiedad de Disney y responsable de éxitos como Toy Story y Los increíbles (operación que ha redundado en que posea el 7.35 % de las acciones del imperio donde habitan Mickey Mouse y el Pato Donald). La joya de la corona sigue siendo el iPod, el reproductor digital de música que, junto con el ecosistema que conforma junto al “jukebox” y tienda musical iTunes, ha puesto en jaque a la industria discográfica tradicional y redimensionado culturalmente la manera en la que pensamos en torno a las posibilidades de la tecnología.

Todo en Jobs es espectacular: la manera en la que diseñó el modelo de negocio de Apple, sus viajes de “ácido” en su juventud (sin los que, admite, no poseería la “soltura mental” que lo caracteriza), la manera en la que regresó a Apple en los 90 después de haber sido despedido por accionistas desconfiados de su temperamento explosivo (cobrando un dólar en su puesto como CEO hasta que Apple volviera a estar en números negros), sus presentaciones de productos (más cercanas a conciertos de rock que a convenciones de negocios), y un muy largo etcétera. No obstante, su mayor virtud amenaza con tornarse en su peor pecado, ya que esa misma espectacularidad bien podría obrar en su contra. Y es que como consignan ya varios medios estadounidenses (donde destacan algunos reportajes críticos de las influyentes revistas Fast Company, Wired y Fortune), el narcisismo de Jobs se ha desatado con el reciente retiro de Bill Gates (su otrora némesis) del mando formal de Microsoft a extremos que podrían ser contraproducentes para  Apple.

 

 

Narcisismo peligroso

De acuerdo con Michael Maccoby, profesor de la Universidad de Harvard,  existen cuatro tipos de líderes empresariales: el erótico, el obsesivo, el narcisista y el de marketing. El tipo erótico (denominado así por su necesidad de brindar y recibir calidez de los demás, y no por sus habilidades sexuales) es, en su aspecto positivo, un líder cooperativo, idealista y comunicativo: apoya y ama a los demás; en su fase improductiva,  es dependiente e inestable: se pone en función de sus colegas y subordinados para ganar su aprobación. El obsesivo productivo es responsable, consciente, respetuoso de las reglas y fiable; el obsesivo negativo es improductivo y  ultracontrolador. La personalidad narcisista es independiente, agresiva y no se deja intimidar; en su aspecto negativo, esta clase de líder es arrogante, grandioso, paranoico y no escucha a los demás. La tipología de marketing se refiere a los líderes camaleónicos, a aquellas personas que son como veletas y moldean su personalidad en función de las demandas del contexto.

Jobs, qué duda cabe, es cien por ciento narcisista. Los líderes narcisistas son idóneos para las empresas en épocas extraordinarias, cuando falta pasión y audacia para llevarlas hacia nuevos rumbos, pero también pueden llevar a las empresas al desastre  en la medida en que se nieguen a escuchar  las advertencias de sus colaboradores; es decir, conceptos como crear trabajo en equipo, preocuparse por grupos de interés (stakeholders)  o ser más receptivo frente a los subordinados no resuenan en los narcisistas. En palabras sencillas, a los narcisistas no les importan los demás, pues estos son criaturas inferiores y carentes de estilo que no están a su nivel.

Tache en Responsabilidad Social

Jobs quiere transformar al mundo, pero más importante aún, quiere  saberse artífice de ese cambio. Es una cuestión de visión de vida: el pilar de Apple ha reiterado en varias ocasiones que no sabe si hay o no una vida después de la existencia terrenal, por lo que ha decidido vivir intensamente cada momento, suponiendo que puede ser el último. Por ello, la idea de dejarle un “legado” social al mundo es algo que no le preocupa (después de todo, ¡ya va a estar muerto!).

Bajo esta lógica (diametralmente distinta a la de Bill Gates),  la Responsabilidad Social no es una idea de peso en Apple.  Acusar a Jobs de que no le importa ser “socialmente responsable” sería un exceso; finalmente, Apple, hasta donde se sabe, cumple bien con sus deberes básicos como corporación (pese a que su esquema de toma de decisiones está malsanamente focalizado en Jobs, y no en un gobierno corporativo menos personalizado, finalmente la compañía genera riqueza, cumple con ambientes óptimos de trabajo, no lastima a la sociedad y  es ecológicamente sustentable); sin embargo, si se toman cuenta las dimensiones e importancia de la empresa y el personaje, pues cabría esperar más, mucho más  de la compañía en asuntos como la filantropía y el combate a ciertos males planetarios. Pero eso no parece  importarle a Jobs.  No es que tampoco no lo haya intentado: en enero de 1987, después de que fundó Next (la empresa que junto con Pixar le permitió orquestar su triunfal regreso a Apple), Jobs estableció la Steven P. Jobs  Foundation, una fundación filantrópica que, en teoría, financiaría a emprendedores sociales a la vez que colaboraría en la promoción de mejores hábitos alimenticios y cuestiones agrícolas. Sin embargo, la fundación nunca hizo nada destacable. La única nota de relevancia periodística que dio durante los 15 meses de su funcionamiento fue una de naturaleza un tanto frívola, pero muy acorde con la egolatría y el afán estético de Jobs: la contratación de Paul Rand, el célebre artista visual, con el fin de que diseñara un logo a tono con la misión de las “enormes” ambiciones del organismo filantrópico. Más allá de eso, la única acción filantrópica de notoriedad de Jobs o Apple ha sido el lanzamiento del iPod (R)ed, el esfuerzo de marketing de causa de Bono, vocalista de U2 (una acción menor totalmente mercadotécnica). 

Por otra parte, Steve se ha mostrado en extremo renuente a diseñar un programa de gestión que contemple el funcionamiento de la compañía sin su liderazgo. Si Jobs se ausenta o muere, no hay “plan b” en Apple: es predecible que el valor de la organización caiga al suelo. Como bien apunta Robert Sutton, autor de The No Asshole Rule, la unión simbiótica entre líder y compañía es tan intensa en este caso que “si Steve Jobs fuera encarcelado y dirigiera Apple desde la cárcel, sería preferible  para el valor de la acción que su misma muerte”.  Estas pueden ser buenas noticias para el ego de Steve, pero son pésimas condiciones para una compañía como Apple que aspira a institucionalizarse, perdurar en el tiempo y trascender el caudillismo de su líder.

Fuera de control

Desde el retiro de Bill Gates del mando de Microsoft, el narcisismo de Steve Jobs se ha desatado en sus declaraciones a la opinión pública. He aquí una colección de las más ególatras:  

Sobre su espíritu trasgresor. ¿Por qué unirse a la armada cuando puedes ser un pirata? 

Sobre el retiro de Bill Gates. Le deseo lo mejor a Bill, en serio, sólo pienso que él y Microsoft son un poco estrechos en su manera de pensar. Quizá Bill sería más abierto si hubiera tomado ácido alguna vez o visitado un ashram en su juventud.

Sobre la relación con sus clientes. Uno no puede preguntarle a los clientes  qué desean. Henry Ford, inventor de la industria automotriz, dijo algo que me gusta mucho: “si le hubiera preguntado a mis potenciales clientes que querían, me hubieran contestado que un caballo más veloz”. Por eso es que prefiero usar mi criterio y mi gusto, en lugar de hacer estudios de mercado o contratar un consultor.

Sobre el Kindle, de Amazon (el llamado ”iPod de los libros”). No importa si el Kindle es un buen producto o no, el modelo de negocio está equivocado en su origen mismo: la gente ya no lee. Esa es la triste realidad, ¿para qué hacer entonces un lector digital de libros? No le veo el sentido.

Sobre su propia importancia. ¡Voy a cambiar al universo!

Sobre su negativa a ponerle placas a su Mercedes y respetar los límites de velocidad. Es un juego que me gusta jugar con las autoridades. Espero que el sentimiento sea mutuo.

Los narcisistas exitosos no escuchan ni  quieren hacerlo. ¿Quién los podría culpar? Si han llegado lejos, es porque no escucharon al resto.  ¿Por qué habrían de empezar ahora en la cima de sus carreras? ¿Por qué Steve tendría que ser consciente de los demás e institucionalizar la compañía que él creó, rescató y reinventó como una de las grandes fuentes de innovación de la humanidad? En su esfera narcisista, el simple hecho de pensar en ello es algo tan absurdo como seguir escuchando música en un viejo walkman de los 80. No obstante, si la idea es hacer lo mejor para Apple, Jobs debería repensar en los posibles costos a futuro de su narcisismo, el cual parece estar fuera de control. 

En la actualidad, ninguna corporación, por cool que ésta sea, se encuentra por encima de la rendición de cuentas y la obligación moral de mejorar la sociedad de la que han sacado provecho. Un paso en falso y Jobs bien podría volver a caer en un escenario similar al de su despido de Apple en los 80, cuando su estilo espectacular, tan celebrado por la opinión pública mundial,  lo tornó en un blanco fácil de sus enemigos, quienes, sobra decir, distan de ser pocos. (F)

Crónica de un aumento fallido

Tuesday, March 11th, 2008

Por Mauricio González Lara 

Lunes. 9:30 am. Optimista monólogo interno del señor X, fiel trabajador de la empresa Z:

¿Hace cuánto trabajo en esta empresa? ¿Cinco años? ¡Tengo razón! Me merezco este aumento. No hay duda. Podré comprarme el BMW que tanto me gusta, o de menos irme a Ibiza antes de que dé el viejazo. ¿Qué otro empleado trabajo con tanta eficiencia y supero los objetivos? Yo yo y yo. No hay de otra: es hora de ir con el jefe, y exponerle que merezco un aumento de sueldo. No un aumento decorativo de  20 por ciento, sino uno sustancial que refleje mi verdadera posición en la empresa; un aumento de, digamos, un 35 por ciento. El grueso de mis colegas en otras empresas ganan eso. Es una cuestión de justicia. El viejo va a tener que dármelo. ¡Soy el mejor! 

Lunes 10:00 horas. Diálogo entre el señor X y su jefe.

El jefe: Qué tal, ¿en qué lo puedo ayudar?

Señor X: Sí, pues como usted sabe ya llevo cinco años aquí y he estado pensando en que es tiempo de que tenga un buen aumento de sueldo, ya que los proyectos que han estado a mi cargo han sido ampliamente redituables y han superado las metas.

El jefe: Lo entiendo perfectamente. Me parece muy válida su petición y quiero que tenga la certeza de que lo voy a considerar para el futuro. Sin embargo, en este momento es imposible debido a que con la expansión de las oficinas el corporativo ha reducido los presupuestos. Además las variables macroeconómicas, como sabe, nos son adversas y la mayoría de los analistas espera una recesión que prácticamente nos impide dar aumentos.

Señor X: Sí, pero como le dije jefe, ya llevo cinco años aquí y …

El jefe: Lo entiendo, sí, pero la empresa no está en condiciones. Y si no gana la empresa, pues no pueden ganar los empleados, por eficientes que estos sean. Es así.

Señor X: Pero es que jefe…

El jefe: ¡Adiós!

Señor X: Bueno… permisito.

Lunes 20:00 horas. Penoso incidente en la cama del señor X.

Novia del señor X: ¿Qué te pasa mi vida? ¿Te preocupa algo?

Señor X: Lo siento, no estoy de humor para esto, es que, aggggghhh, ese viejo bastardo no me quiso aumentar el sueldo. Me queda claro que no tengo futuro en la compañía, pero mis gastos no me permiten renunciar. Lo peor es que ya me quemé. ¿Qué demonios hago?

Recapitulando 

La historia del señor X, como cualquiera que haya tratado infructuosamente de negociar un aumento de sueldo, no tiene nada de  exagerada. La negativa de un aumento es capaz de reducir al ejecutivo más arrogante en toda una fuente de impotencia y rencor. En principio, lo que ofende es la injusticia (“he superado los objetivos”, “llevo cinco años aquí”, “la empresa gana mucho conmigo”, etcétera), la cual se transforma en rencor (“ese viejo bastardo”), que termina por derivar en impotencia (“no estoy de humor”) e incertidumbre (“¿qué demonios hago?”). La explosión de todos estos sentimientos, justificados o no, nos hace perder de vista que fuimos ante el jefe sin un plan real de negociación que nos permitiera revirar sus negativas.

Demos por descontado que realizamos la tarea elemental de revisar el nivel de sueldos de nuestra posición en otras empresas, así como una investigación lo más profunda posible sobre el estado real de sueldos en la compañía donde trabajamos; el problema es que la mayoría de nosotros solicita un aumento de sueldo de la misma manera en que un hijo se acerca a su padre cuando saca buenas calificaciones: en busca de una recompensa, como si uno fuera un buen perro que se merece un hueso.

Cuando pedimos un aumento de esa manera, sin un plan b y basados en expectativas meramente emotivas, estamos destinados al fracaso: no sólo porque nos exponemos a que la negociación termine a la primera negativa del jefe, sino porque reforzamos subconscientemente el rol de autoridad del “jefe” y el rol de sumisión del “empleado”, lo que hará aún más difícil que prosperen otras peticiones de aumento. Una buena negociación exige un trabajo previo, que se centre en dejar de pensar en nuestras necesidades y comenzar a pensar en las necesidades del otro. De acuerdo con William Ury, experto mundial de negociación y autor de Más allá del No, antes de sentarnos a negociar debemos considerar cuatro puntos:

1. Es fundamental distinguir qué es lo que realmente nos importa. Y sobre todo, qué es lo que realmente le importa a la otra parte.

2. El grueso de las negociaciones fracasan porque se centran en un juego de sumatoria cero, donde sólo hay dos soluciones posibles: a o b.

3. La razón por la que se negocia es que se van a obtener mejores resultados que si no se negocia. Hay que hacerle saber a la otra parte que es preferible una buena negociación a una negativa.

4. Nunca se debe tomar una negociación laboral como algo personal. Como bien dice el refrán, el que se enoja pierde.

Supongamos cómo hubiera sido la negociación del señor X si éste se hubiera preparado bajo la guía de estos cuatro lineamientos.

El jefe: Qué tal, ¿en qué lo puedo ayudar?

Señor X: Sí, pues he estado pensando en que es tiempo de que tenga un buen aumento de sueldo, ya que los proyectos que han estado a mi cargo han sido ampliamente redituables para la compañía y han superado las metas.

El jefe: Lo entiendo perfectamente. Me parece muy válida su petición y quiero que tenga la certeza de que lo voy a considerar para el futuro. Sin embargo, en este momento es imposible debido a que el corporativo ha reducido los presupuestos y no hay manera de dar aumentos.

Señor X: Comprendo que la empresa enfrenta un momento complicado y quizá no tenga una gran liquidez en los próximos meses (NOTESE COMO EL SEÑOR X YA LE HIZO SABER A LA OTRA PARTE QUE ESTA CONSCIENTE DE SUS PREOCUPACIONES). Y es por eso que quisiera que analizáramos la posibilidad de un aumento escalonado o quizá un bono por el cumplimiento de los objetivos de este año. Y es que he estado analizando los números y yo creo que es muy posible que pueda motivar a mi gente para superar en un 30 por ciento los objetivos comerciales de 2008. (NOTESE QUE EL SEÑOR X YA SUGIRIO QUE NO SOLO PIENSA CUMPLIR CON LOS OBJETIVOS DE ESTE AÑO, SINO QUE LANZA SIN BRUSQUEDAD LA IDEA DE QUE PUDE TRAER UN 30 POR CIENTO EXTRA SI SALE CONTENTO DE LA REUNION). De hecho, antes de entrar a la reunión le mandé un mail que explica a detalle las nuevas proyecciones y cómo las planeamos conseguir (EL SEÑOR X DESPERSONALIZA LAS COSAS AL APELAR A UN INFORME SERIO QUE HACE VER SU SOLICITUD COMO UNA DECISION DE NEGOCIO, Y NO COMO UNA PETICION PERSONAL QUE ALGUIEN HACE PORQUE CREE QUE SE HA PORTADO BIEN).

El jefe: Me parece interesante. En la tarde lo analizo y nos reunimos mañana a primera hora (NO QUEDA OTRA MAS QUE PENSARLO. EL SEÑOR X ESTA HABLANDO DE UN 30 POR CIENTO MAS DE DINERO. Y SI PARA ASEGURAR ESE 30 POR CIENTO HAY QUE DARLE UN AUMENTO, PUES HABRA QUE POR LO MENOS CONSIDERARLO).

Conclusión

Obviamente, la realidad es más complicada de lo que se expone en la crónica. Hay muchas empresas que simplemente no negocian aumentos, los anuncian o no; hay otras que pretenden consultar las negociaciones con el empleado, y crear así la ilusión del consenso para “convencerlo” de que la empresa no está en condiciones de otorgarlos porque no está en una situación boyante, a la vez que dejan abierta la posibilidad de que la corporación le reconocerá  sus méritos si las cosas salen bien en un futuro mediato (lo que puede ser cierto o no, pero le suena un tanto irrelevante y hasta absurdo a un ejecutivo talentoso que se ha desempeñado con excelencia y le ha aportado valor a una empresa de la que no es dueño ni accionista), y hay otras, en especial de mediano tamaño, donde la simpatía personal es un factor determinante. Sin embargo, nunca está de más saber cuáles son todas las armas a nuestra disposición cuando se llega a una situación crítica de negociación, sea un aumento, un despido, o incluso hasta la entrada a una nueva aventura laboral. (F)