Amazon y el fin del libro como lo conocemos

 

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Por Mauricio González Lara

Hace unos meses, antes de participar en un panel sobre “el futuro de la mercadotecnia” en la Universidad Panamericana, unos estudiantes me preguntaron por qué había decidido estudiar periodismo. Les contesté que siempre me había gustado la comunicación y que el periodismo me permitía contar con un margen de maniobra lo suficientemente grande para explorar esa inclinación natural de mil maneras posibles. Y es cierto: un periodista puede sumergirse en diversos campos ajenos, por lo menos a primera vista, a la mera cobertura informativa.

Sin embargo, confieso que mentí: ésa no fue la razón por la que estudié periodismo. Lo hice por un motivo mucho más egoísta: a principios de los 90, con el advenimiento de Internet, el imparable avance en las telecomunicaciones y la caída del muro de Berlín, el mundo lucía increíblemente atractivo en su naturaleza cambiante. Y bueno, ¿qué mejor manera de estar en la primera fila del show que el periodismo? Al pasar de los años, para varios periodistas de mi generación cada vez era más evidente que la tecnología iba a ser el alma de ese espectáculo, la punta de lanza de los cambios telúricos que redefinirían la manera en la que concebimos nuestras vidas.

No nos equivocamos: la “revolución digital” se ha convertido en la gran historia de nuestros tiempos. Punto. En años recientes se han dado innovaciones tecnológicas cuyo valor iconoclasta es tan fuerte, tan contundente, que se han transformado en referentes culturales de cualidades casi antropológicas. En 50 años, cuando nuestros sucesores busquen comprender el momento en que cambió dramáticamente la manera en que comenzamos a decodificar la información, y por ende nuestra visión misma de la existencia, no van a mirar a la bitácora de la Cámara de Representantes de Estados Unidos (ni mucho menos a la de San Lázaro), sino que van a revisitar la historia de Google y Apple, a la vez que analizarán como esas generaciones aceptaron el paradigma de elevar sus cerebros a un estadio mental en el que absorber y descartar datos de millones de fuentes distintas se tornó, casi de repente, en algo tan sencillo como deslizar los dedos por la rueda de control de un iPod para seleccionar una canción, una entre 10,000.

Todo esto viene a colación porque hace apenas unos días, Jeff Bezos, el CEO de Amazon, la librería virtual más exitosa del mundo, presentó el Kindle, un lector de libros electrónicos que, lo acepten o no sus detractores (e independientemente de que el Kindle sea un éxito o fracaso económico), marca el inicio de otro cambio telúrico, de esos que serán estudiados en los años por venir: el fin del libro como lo conocemos.

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Apuesta arriesgada

¿Cómo es el libro del futuro, o mejor dicho, el reproductor del libro del futuro? El Kindle, blanco y delgado, pesa 300 gramos y es capaz de almacenar 200 libros electrónicos; proporciona a sus poseedores una autonomía de batería de alrededor de 30 horas, la cual carga en dos horas, e incluye una herramienta que permite a sus usuarios suscribirse a las descargas diarias de las ediciones digitales de periódicos como The New York Times y The Wall Street Journal por precios que oscilan entre los 3 y 10 dólares.

El Kindle tiene un costo de 399 dólares y, a lo más, la tienda cobra 9.99 dólares por descargar cada uno de los 90 mil títulos electrónicos que ofrece hasta ahora (aun que el precio disminuye significativamente si el libro no es un bestseller). Los títulos, así como las suscripciones a las revistas y diarios, se bajan a través de un sistema inalámbrico montado sobre un servicio de cobertura de telefonía celular, lo que hace al Kindle independiente de los tradicionales Hot spots/Wi Fi. La cereza del pastel es una pantalla amigable, no luminosa y con tipos de letra ajustables, que permite leer con suma comodidad visual.

Como sucedió con el iPod, el Kindle no es el primer reproductor de su tipo (Sony ofrece ya desde hace algún tiempo un aparato similar), pero sí es el primero en crear un ecosistema funcional que lo dote de irrebatible atractivo. Al igual que el iPod, que cuenta con la ayuda de la tienda virtual de música iTunes, el Kindle cuenta con el apoyo de la librería virtual más grande del mundo. La sinergia le ha permitido a Amazon desplegar una campaña mercadotécnica que ha incluido portadas en Newsweek, conferencias de prensa internacionales y hasta videos promocionales de autores como Toni Morrison, ganadora del premio nobel de literatura.

No a todos les ha gustado el Kindle. Varios analistas apuntan que el elevado precio lo vuelve inaccesible y poco práctico (pese a su ligereza y tamaño, muy pocos neoyorkinos se arriesgarían a andar cargando en el metro un aparato de 399 dólares con la ligereza con la que llevan un diario). Otros argumentan que, a diferencia del CD, el libro sí es un objeto que guarda un alto valor en sí mismo: va a ser complicado que los amantes de la literatura cambien sus ediciones de pasta dura de Cien años de soledad o incluso la saga de Harry Potter por la versión del Kindle (y ya no hablemos de los aficionados a libros de arte o “coffee table books” estilo Taschen, para quienes debe ser anatema toda la idea).

En lo personal, concuerdo en que el libro como objeto físico guarda un valor intrínseco que le evitará dejar de existir. Empero, el resto de las críticas, si bien pueden ser válidas hoy, ya no lo serán mañana. El precio bajará con el tiempo, de la misma manera que sucedió con los reproductores de MP3; asimismo, cualquier falla en el diseño puede ser mejorada en los numerosos upgrades que seguramente le seguirán a esta edición original. Además, hay algo en el Kindle que le da un aire de inevitabilidad: para el lector que revisa libros ajenos al genuino quehacer literario, así como numerosos periódicos y revistas, para ese individuo cuya casa parece bodega de papel, el lector de Amazon suena a sueño hecho realidad. Aceptémoslo: desde luego que hay títulos que me gusta almacenar y revisitar, pero hablando en términos francos, el 50 por ciento de los libros que consumo son producto de la moda o el interés coyuntural. ¿En verdad me interesa guardar en el librero La Diferencia, de Jorge Castañeda y Rubén Aguilar, o la última novela de Stephen King? Desde luego que no, en especial si lo puedo guardar en una memoria o algún lugar del ciberespacio en el remoto caso de que desee leerlos de nueva cuenta.

El Kindle es un paso importante, y sin embargo, los actores que debieran estar más al pendiente de su evolución, la prensa escrita y las casa editoriales, no le han dado la cobertura que el asunto sin duda merece. Es una lástima. Ojalá no les suceda lo mismo que a las hoy decadentes disqueras y no comiencen a interesarse en las posibilidades tecnológicas hasta que éstas ya los hayan rebasado por completo. Por mi parte, si viviera en Estados Unidos, yo ya tendría un Kindle; esto, claro está, si no se encontraran agotados para las fiestas navideñas y no tuviera que apuntarme en la lista de espera de Amazon. (F)

+Kindle significa “encender” o “iluminar”. Como en “The sunset kindled the skies” o “No spark had yet kindled in him an intellectual passion”.

Con motivo de las fiestas navideñas, Altaempresa estará de regreso en enero con un especial de los ganadores y perdedores del 2007. Les deseo una muy feliz navidad y un muy prospero 2008.

One Response to “Amazon y el fin del libro como lo conocemos”

  1. José Ruvalcaba Says:

    Interesante, aunque este cambio no lo veo sucediendo tan velozmente como el de los iPods o los dvd’s. Feliz 2008

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