Chávez, Cemex y Calderón

Por Mauricio González Lara 

Mientras la atención mexicana seguía enfocada en los pleitos internos del PRD y el juego sadomasoquista/flagelatorio que le produce a la nación la debacle de Hugo Sánchez, el pasado 3 de abril, en Venezuela, el mandatario Hugo Chávez lanzó lo que varios analistas anticipaban desde hace ya varios meses: la nacionalización de la industria cementera, la cual constituye un anuncio inequívoco de la profundización de una brutal ofensiva contra las trasnacionales que operan los resortes esenciales de las operaciones económicas del país venezolano, entre los que destacan los alimentos y la construcción.

La andanada nacionalizadora, cuyo fin ulterior parece ser el instaurar un simpático “marxismo bolivariano” en Venezuela (lleno de “boliburgueses”, curiosos revanchismos sociales y demás iniquidades pintorescas), inició con el petróleo, siguió con los teléfonos, continuó con la electricidad, ahora avanza con el cemento y el acero, y probablemente terminará con algunos sectores de la industria alimenticia.

Estas son malas noticias para todo el continente, pero son peores para México, un país que posee importantes intereses empresariales en Venezuela. El principal damnificado de la nacionalización cementera, como se sabe, es Cemex, el conglomerado dirigido por Lorenzo Zambrano y quizá la empresa más globalizada con la que contamos (en el sentido más profundo del término). En Venezuela, Cemex posee 33 plantas de concreto y tres de cemento con una capacidad de producción de tres y medio millones de toneladas anuales (las cuales, por cierto, eran vendidas en su mayor parte al gobierno dizque bolivariano de Chávez).

El anuncio no le cayó de sorpresa al equipo de Zambrano: todas las compañías mexicanas con operaciones venezolanas habían mantenido un virtual estado de alerta desde hace ya varias semanas, cuando el gobierno de Chávez intensificó el encono pronacionalizador al señalar que Lorenzo Servitje, fundador de Grupo Bimbo, financiaba a grupos de ultraderecha vía la Organización Democrática Cristiana de América (ODCA). Hasta ahora, Chávez no se ha expresado mal de Zambrano (a diferencia de Don Lorenzo Servitje, Zambrano tiene poca cola que pisar en materia de excesos ideológicos que lo conviertan en blanco fácil de dictadores tropicales), y se ha comprometido a pagar un precio justo por las expropiaciones, no sólo a Cemex, sino también a la francesa Lafarge y a la suiza Holcim, las otras cementeras con presencia en suelo venezolano.

Narcisismo produtivo vs. narcisismo leninista

En su libro Oro Gris: Zambrano, la gesta de Cemex y la globalización en México, la doctora Rossana Fuentes Berain define a Lorenzo Zambrano como un “narcisista productivo”, que si bien nunca deja de ser susceptible a que el lado oscuro de su carácter arrogante y grandioso pueda apoderarse de su persona, ha encontrado maneras y mecanismos de control que han derivado en que su empresa sea una institución global, con un equipo e infraestructura superiores a su propio caudillismo.

Chávez es también un narcisista, pero uno de naturaleza más oscura y paranoica, que lejos de controlar su ánimo totalitario y desear el fortalecimiento de las instituciones de su país, las concibe como parte integral de su dictadura. Para Chávez, Venezuela y él son lo mismo, y cualquiera que no esté de acuerdo con eso es mandado al demonio y calificado como traidor, cachorro del imperio, buitre, mal bicho, etcétera.

Va a ser interesante contemplar cómo se enfrentan estos dos narcisistas y hasta dónde están dispuestos a llegar, sobre todo si Chávez no paga lo que Cemex consideraría un precio justo por su operación cementera. El pronóstico de la pelea es todavía reservado. Aunque Zambrano, eso sí se los puedo asegurar, no es un tipo que se deje amedrentar, y mucho menos por otros narcisistas, (amén de que como apuntan algunos la operación venezolana no le reporte beneficios en términos de participación global de mercado superiores a un dígito).

Por cierto, cuando comenzó su administración, el equipo de Felipe Calderón emprendió una serie de medidas orientadas a restablecer una relación amistosa con el gobierno chavista. La decisión fue muy criticada desde diversos flancos, pues fue interpretada por muchos como una especie de concesión a grupos de izquierda para distensar el áspero ambiente poselectoral. Esa apreciación era injusta: bien visto, el gobierno de Calderón buscaba sanear la relación con Venezuela, tan golpeada por la verborrea de Vicente Fox, en aras de generar un ambiente más relajado para las compañías aztecas (Cemex, Bimbo y Femsa) en el país sudamericano. Sin embargo, ahora que se ha golpeado a Cemex, y probablemente se siga con Bimbo y Femsa, no resulta ocioso preguntar: ¿qué tanto conviene seguir en esa dinámica? Calderón está obligado a responder pronto, o bien podría “salir espinado” con los pesos completos del empresariado mexicano, quienes esperan una postura enérgica al respecto. (F)

One Response to “Chávez, Cemex y Calderón”

  1. Manuel Moreno Says:

    No confiaría en que Chávez le pague lo justo a CEMEX. No lo hizo con las petroleras, a las que les dio una indemnizacion por debajo del precio de la acción. La pregunta que haces al final es muy pertinente y Calderon deberia ser más cuidadoso con Chávez, que seguro no va a tardar en quere meterse al debate de la reforma de Pemex.

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