ALAS y la verdadera Responsabilidad Social Empresarial

Por Mauricio González Lara 

Como a estas alturas ya debe saber cualquier lector más o menos informado, este pasado sábado 17 de mayo se llevaron a cabo dos megaconciertos gratuitos –uno en México DF, otro en Buenos Aires—para generar conciencia entre la población sobre el agudo problema de la pobreza que aqueja, según cálculos en extremo conservadores, a 32 millones de niños latinoamericanos menores de cinco años de edad. Los conciertos, organizados por la Fundación ALAS (América Latina en Acción Solidaria) y una muestra del “quién es quién” de la música “pop” latinoamericana, fueron un éxito en materia de asistencia (tan sólo en DF 200 mil personas atiborraron la plancha del Zócalo capitalino).

El presupuesto de operación de ALAS se integra mediante las aportaciones de empresarios como Alejandro Santo Domingo (Quadrant), Alejandro Soberón Kuri (CIE), Carlos Slim Helú (Grupo Carso), Emilio Azcárraga (Televisa), entre otros, y de hecho, de manera similar al esfuerzo de Live8, no acepta donaciones particulares. Razón por la que la cifra de donaciones inicial, alrededor de 200 millones de dólares, no es tan reducida como han señalado algunos críticos. De lo que se trata, según informaron sus organizadores de una manera un tanto escueta, es de “generar conciencia”. Si el éxito de convocatoria de los megaconciertos se traduce en acciones concretas contra la pobreza que vayan más allá de la concientización del problema es algo que sólo el tiempo podrá contestar, y que, para ser francos,  ameritaría otra  clase de análisis desde otra óptica que no fuera la empresarial o de “negocios” (que es la que le atañe a este blog); lo que sí me corresponde analizar es si esta clase de esfuerzos les ayuda a las compañías involucradas (o “benefactoras”) en las dos pistas que deberían importarles en su quehacer organizacional y su relación con la sociedad: Imagen y Responsabilidad Social Empresarial.

En materia de imagen, me parece que el concierto fue un éxito para las empresas involucradas, sobre todo para dos personajes: Emilio Azcárraga Jean y Carlos Slim Helú. El primero, al aglutinar los esfuerzos de difusión en sus cadenas televisivas Telehit y Ritmo Son (y a manera de resumen en TV abierta este fin de semana en el canal 2), dio una verdadera muestra de poder mediático, no sólo en México, sino en el resto del hemisferio (y en específico  en Argentina, donde el grupo está realizando una serie de movimientos estratégicos orientados a posicionar a la empresa como un jugador consolidado en la industria mediática de ese país). Y Slim fue toda una revelación: de ser un empresario adusto y reservado en estas cuestiones pasó a convertirse en todo un activista entusiasta que se paseaba con soltura en la plancha del Zócalo y convivía con artistas. Se veía bien. Esa clase de acciones le ayudan mucho a la imagen del magnate, pues desactivan con elegancia las críticas y resentimientos que conllevan, casi de manera automática, ser uno de los hombres más ricos del planeta.

Responsabilidad Social Empresarial  

En materia de Responsabilidad Social Empresarial (RSE), la evaluación del esfuerzo de las empresas participantes se torna más complicada, pues más allá de lo encomiable que pueda ser la ayuda que brindan a causas tan nobles como el combate a la pobreza, me da la impresión de que estos esfuerzos a veces contribuyen, sin verdaderamente proponérselo, a consolidar una concepción errónea de lo que debe ser el compromiso social de una organización. ¿En qué consiste esa idea equivocada? En que una empresa puede ostentarse como socialmente responsable si realiza actos filantrópicos o ayuda a organizaciones a generar conciencia sobre un problema social, como la crisis ambiental o la pobreza. Y peor aún: que con eso basta para asumirse como un ciudadano corporativo comprometido con el bienestar. Esa clase de interpretación es muy superficial.

Etimológicamente, la palabra filantropía se deriva de las raíces griegas filos (amor) y antropos (humanidad). Por tanto, la definición de filántropo es una persona que “ama a la humanidad”, y demuestra ese amor a través de una serie de actos concentrados en enaltecerla; en su acepción moderna, la labor del filántropo se centra en actos consistentes en donaciones monetarias, en su rango más limitado, o la construcción de redes sociales, económicas y políticas encaminadas al altruismo, en su rango más amplio. Por loables y que sean, las acciones filantrópicas son actividades focalizadas a una causa específica. En el mejor escenario posible, la empresa puede llevar a cabo una exitosa política sistemática de “filantropía estratégica”, es decir,  casar sus aportaciones con causas cuya promoción les reporte beneficios en el aspecto de negocio, pero esos esfuerzos siempre estarán focalizados al combate de un solo problema.

La RSE, o Responsabilidad Social Corporativa, en cambio, consiste en adoptar toda una filosofía que, si bien incluye a la filantropía dentro de su esfera de influencia,  no se constriñe a ella. La RSE es una cultura de gestión que vincula a la empresa con el bienestar de la sociedad a través de cuatro pilares básicos: promoción y desarrollo de los integrantes de la organización, ayuda a la mejora constante de la comunidad, ética en la toma de decisiones y sustentabilidad ambiental. Cuando hablamos de una empresa socialmente responsable, entonces, no sólo estamos hablando de una organización que dona una suma al Teletón o a la Fundación ALAS, o transmite un anuncio en el que promueve el combate contra el cáncer, sino de una compañía que procura el bienestar de sus trabajadores, posee movilidad en sus puestos jerárquicos, respeta todas las normas ambientales, se rige por sistemas de gobierno corporativo que supervisan la ética en su toma de decisiones y es respetuosa de la comunidad que la rodea. Es algo más que dar un cheque y posar para la prensa: es toda una cultura que va más allá del mero altruismo. Es más, si se cumplen estas condiciones, se puede ser socialmente responsable sin donar un solo peso.

Una empresa intolerante de la diversidad sexual en su cuerpo directivo, que contamina al ambiente, que no promueve la movilidad al interior de sus filas ni el desarrollo del talento, no puede ostentarse como socialmente responsable, por más dinero que done a causas benéficas.

Conclusión

No se trata de minusvalorar las aportaciones de las empresas relacionadas con el proyecto de Fundación ALAS; por el contrario, ¡qué bueno que apoyen esta clase de acciones! Pero tampoco se trata de aplaudir por aplaudir: si estas compañías están genuinamente comprometidas con ser socialmente responsables, no basta con la filantropía (sea para ALAS, el Teletón, el esfuerzo de ayuda para apoyar a los niños lastimados por incendios de TV Azteca, etcétera), sino que están obligadas a avanzar en los cuatro pilares descritos con anterioridad (y en todos los casos, estoy seguro, hay todavía varias áreas de oportunidad que esperan ser atendidas con más esmero). Y es que como le llegué a escuchar al mismo Carlos Slim Helú alguna vez en una conferencia de prensa, los problemas del país (y del mundo) no se van a resolver con la simple caridad. Totalmente de acuerdo. (F)

 Próximas entregas:

Lunes 26: Los principios de diseño del Nokia Design Studio.

Miércoles 29: Responsabilidad Social Empresarial, el libro, ¡por fin a la venta!

2 Responses to “ALAS y la verdadera Responsabilidad Social Empresarial”

  1. Dennis Says:

    En estos tiempos es bueno ver gente que aún creen en la creación de empresas y la iniciativa privada.

    No hay nada más gratificante que crear una empresa y verla crecer. Es el motor que crea riqueza y trabajo para todos y sobre la cual se sustenta nuestra sociedad.

    Enhorabuena y suerte para todos.

  2. Daiana Says:

    me sirvio mucho toda la informacion que contiene la pag. y me alegra saber que RSE no es tan sólo aportar sumas de dinero sino que es mucho mas que eso, gracias

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