Los intocables, una charla con Jorge Zepeda Patterson

Por Mauricio González Lara

¿Qué tienen en común Juan Sandoval Iñiguez, José Luis Soberanes, Patricia Chapoy, Víctor González Torres, Diego Fernández de Cevallos, Julio César Chávez, Jorge Hank Rohn, Emilio Gamboa Patrón, Marta Sahagún y buena parte de los gobernadores de la República Mexicana? En opinión de Jorge Zepeda Patterson, motor creativo de Los amos de México y director editorial entrante de El Universal, la respuesta es contundente: la impunidad.

En Los intocables, su más reciente libro, Zepeda Patterson coordina el esfuerzo de varios periodistas (Jenaro Villamil, Lydia Cacho, Roberto Rock, Alejandro Páez, entre otros) por configurar un retrato de la impunidad a través del estudio de sus personajes más conspicuos. En la siguiente charla, Zepeda aborda algunos puntos finos de su obra, a la vez que da su visión sobre los males que aquejan a la clase empresarial mexicana.

A diferencia de Los amos de México, donde sólo dos o tres empresarios manejan un alto perfil público, en Los intocables analizas a personajes que todos conocen. ¿Esto cambió la manera de abordar la investigación?

Todos hablan de ellos, pero no hay muchas cosas escritas desde un ángulo periodístico profundo. Me explico: el género biográfico en México ha sido muy descuidado, a diferencia, por ejemplo, del mundo anglosajón, donde hay extraordinarias biografías periodísticas de los grandes personajes. De las pocas biografías que hay en México, gran parte de ellas terminan siendo libros panegíricos, muy vinculados al personaje en cuestión, como digamos el caso de Sari Bermúdez y Marta Sahagún; o en el otro extremo, son obras satanizadoras, cuyo fin último es crucificar al sujeto de estudio. Como periodista, me resulta estimulante contribuir a llenar ese vacío.

Ahora, este esfuerzo no está disociado de los anteriores; de hecho, es parte de una trilogía desprejuiciada abocada a saber cómo es la vida de los personajes que dominan México: la primera parte es la de Los suspirantes, un libro que dibujaba los perfiles biográficos de los aspirantes a las presidencia; sigue con Los amos de México, que aborda a los empresarios y la construcción de los grandes imperios económicos, y ahora continúa con Los intocables, donde se estudia cómo se construye la impunidad, no a través de un análisis sociológico, sino documentado mediante casos casi antropológicos.

¿Cómo seleccionaste a tus intocables?

Lo que buscamos fue una selección lo suficientemente variada como para acercarnos al fenómeno de la impunidad en sus distintos orígenes y modalidades. Por ejemplo: es muy distinta la intocabilidad de Julio César Chávez, en su carácter de ídolo del boxeo, a la impunidad de Emilio Gamboa Patrón, quien ejerce los hilos directos del control político y legal. En última instancia, son parte de un mismo problema, pues ambos son intocables para efectos de rendición de cuentas ante la ciudadanía en general. Pudimos haber hecho un libro que se enfocara a casos de políticos intocables, pero sentimos que eso sólo iba a redundar en ofrecer diferentes matices de la misma modalidad de impunidad.

Lo novedoso de Los intocables es que, si bien incluimos la esfera del servicio público, también tratamos casos como el de Juan Sandoval Iñiguez, un prelado de la Iglesia que se ha caracterizado por un comportamiento muy poco cristiano, y que incluso ha prosperado en su carrera y es hoy un intocable gracias a su relación con algunas élites mexicanas. Lo mismo sucede con el caso de José Luis Soberanes, el presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Ambos encabezan instituciones que deberían abonar al combate contra la impunidad, y no servir de blindaje de los impunes, dándoles cobertura jurídica, en el caso de la CNDH, o credibilidad moral, en el caso del Cardenal. Son instituciones que deberían defender al ciudadano de a pie, y no victimarlo. Es por eso que comenzamos el libro con esos dos casos; no porque sus cadáveres en el closet sean más grandes que los de los políticos, sino porque son particularmente tristes.

En un sentido similar, quizá las faltas de Patricia Chapoy o Julio César Chávez no sean comparables a las de Jorge Hank Rohn o Emilio Gamboa Patrón, quienes emblematizan mafias políticas muy poderosas, pero sí sirven como ejemplos para ilustrar como la fama y la celebridad pueden ser fuentes de impunidad, tal y como lo son la riqueza o el poder político. Si un policía para el coche de Emilio Gamboa Patrón por exceso de velocidad, quizá no le levante la multa por miedo ante el poderoso; si para al de Julio César, es probable que no la levante por el deseo de quedar bien ante el ídolo. Aunque sea por motivos distintos, ambas son formas de impunidad.

También hay mucha impunidad en los medios. Por ejemplo: si una cadena televisiva estadounidense borrara digitalmente al presidente del Senado, seguramente habría despidos y reprimendas públicas masivas; aquí, en cambio, el asunto apenas y se comenta.

Coincido totalmente. Frente a la violación de una ley o norma, ¿quién es el valiente que se va aventar en contra de Joaquín López Dóriga, Carlos Loret o Francisco Javier Alatorre? Y no lo digo porque sean particularmente malos; cualquier persona que esté en las posiciones que ellos ocupan inspiraría temor, ganas de congraciarse, etcétera. Por eso es que el caso de Paty Chapoy es interesante: es una mezcla del respeto y el morbo que genera la fama. Ejemplo: tú puedes salir a comer con un cantante a un restaurante y escuchar cómo se queja de Paty Chapoy, pero si de repente ella llega y se sienta en la mesa de a lado, el artista pasa del enojo al temor, ya que sabe que la conductora de Ventaneando cuenta con el poder de destruir su carrera. Es otra clase de impunidad. De ahí la heterogeneidad de los casos.

No sólo los casos son heterogéneos, sino también las plumas que los escriben.

Sí, para mí es muy atractivo romper con el cartabón de las cúpulas y capillitas periodísticas. Eso es muy satisfactorio. En Los amos de México, por ejemplo, tienes a personas como Jenaro Villamil, de Proceso, o Blanche Pietrich, de la Jornada, junto a otras como Alberto Bello, de Expansión, y en medio a periodistas de fuentes como Gatopardo; o sea, no podrías encontrar visiones y procedencias más disímiles en el radial. La idea era reunirlos por cuestiones profesionales, y no por su procedencia ideológica o gremial. Por eso, también, los criterios eran que tuvieran buena pluma y cualidades investigativas, pero sobre todo buena pluma.

¿Hasta dónde les permites a tus colaboradores adentrarse en el ámbito privado de los investigados?

Tratamos de ser equilibrados. Yo soy un editor bravo: casi todos los capítulos los regreso; algunos con una observación menor, otros con observaciones mayores de estructura. Si hay datos personales, lo que busco es que no sean gratuitos, sino que sean pertinentes a la historia periodística y a la construcción del personaje. Por otro lado, también cuido que no se descuide la revelación de los aspectos públicos. En Los amos de México, devolví algunos capítulos porque si bien la historia empresarial estaba muy clara, no me aparecía el personaje; y viceversa, algunos describían mucho al personaje, pero no abordaban la historia empresarial. Otro factor difícil de sortear es el espacio: todo tiene que quedar en 15,000 palabras, y a veces el personaje da para todo un libro.

A veces da la impresión de que en México sólo se puede triunfar si se cuenta con alguna clase de compadrazgo o si de plano se viola la ley. Carecemos de historias de éxito legítimo.

No estaría tan seguro. En Los amos de México abordamos los casos de Roberto Hernández y Jorge Vergara, quienes provienen de la clase media: y bueno, en Los suspirantes hay igual casos que se escapan de esa lógica. Concuerdo totalmente contigo en que en una sociedad tan desigual como la nuestra hay algunos que nadan con aletas, y otros sin traje de baño. El problema es que no vivimos en una sociedad meritocrática. En algunos ámbitos es más grave que otros. En la clase política, los privilegios y las pertenencias son las reglas del juego; en la clase empresarial, si bien no con la misma intensidad, también operan esas reglas. Pese a sus vicios, el espectáculo y el deporte son más meritocráticos. Quizá haya algunos favoritismos, pero finalmente alguien como Hugo Sánchez tenía que meter los goles. Quien se subía al ring era Julio César, y nadie más. O incluso alguien como la misma Paty Chapoy, que cuenta con habilidades innegables como la articulación y el manejo frente a la cámara. En esos mundos, la fortuna y los padrinos indicados pueden ayudar, pero no lo son todo.

¿Cómo ves a la clase empresarial del país, sobre todo ahora que esta crisis les está orillando a repensar su rol en la sociedad?

La clase empresarial de nuestro país está endémicamente distorsionada por las estructuras. Contamos con una clase empresarial viciada por el éxito vinculado a razones impúdicas. Los factores para alcanzar la rentabilidad se relacionan en buena medida con aspectos no empresariales, tales como son el mal manejo de información confidencial, el tráfico de influencias, la corrupción y el compadrazgo, no sólo con el sector público, sino con las élites privadas. Es muy lamentable, porque uno lee en revistas de negocios sobre la importancia de la creatividad y la innovación en el mundo globalizado; no obstante, en la realidad mexicana, los empresarios bienintencionados se topan con que, para obtener el méndigo permiso para operar, se tienen que arreglar ilegalmente con la autoridad, o ven cómo su competencia se beneficia porque ésta sí decidió entrarle a la corrupción, pese a contar con una gestión menos avanzada. Es una retroalimentación continua generada por la realidad que redunda en una cultura empresarial distorsionada, y como toda cultura de valores, quizá se necesiten de varias generaciones para revertirla.

También es cierto que muchos empresarios ven a sus compañías como un botín familiar, y no como instituciones que terminen trascendiéndolos.

Absolutamente. Al empresario mexicano le cuesta mucho trabajo profesionalizarse. Ese aspecto de empresa pobre, empresario rico, es uno de los grandes lastres que padece el sector privado, particularmente en provincia. Yo soy de Guadalajara, y ahí casi se asume como una muestra de habilidad entre el empresariado el vivir lo mejor posible a costa de la pobreza de la empresa. Así, en caso de que Hacienda les realice una auditoría o suceda una crisis, no habrá mucha tela de donde cortar y se minimizan las pérdidas personales. El resultado obvio de esto es una empresa subpotenciada, siempre operando muy por debajo de sus posibilidades.

Finalmente, ya en tu calidad de nuevo director editorial de El Universal, ¿cómo percibes al periodismo de negocios que se hace actualmente en México?

Es un proceso en marcha. Si comparas lo que se hace hoy con lo que se hacía 10 años atrás, registras avances claros. Antes era impensable escuchar programas de radio de negocios, por ejemplo. Las revistas también han crecido mucho. Los periódicos especializados, en cambio, se han quedado un poco estancados; ahí siguen, pero ya no son tan importantes. Lo que sí ha avanzado muchísimo es el rol de las secciones de negocios en los periódicos de interés general. Hoy ya hay toda una capa de periodistas que, con sus virtudes y defectos, se dedica de tiempo completo al asunto. Los mismos columnistas de negocios han cobrado una alta relevancia. Me siento optimista. Creo que el periodismo de negocios va por buen camino. (F)

¿Deseas leer la crítica que Altaempresa.com le hizo a Los amos de México? Da click “aquí”

One Response to “Los intocables, una charla con Jorge Zepeda Patterson”

  1. marichuy Says:

    Mauricio

    Tendría que leer el libro, pero a simple vista con todo y que no es mi hit, me parece que José Luis Soberanes no se compara con el nauseabundo Diego Fernández de Cevallos; asimismo, creo que en ese listado hacen falta impresentables eclesiásticos como Onésimo Cepeda y Norberto Rivera Carrera. Podríamos hacer una enciclopedia con los personajes poderosos e impunes que pueblan este país. Siempre he pensado que más que la corrupción, el principal mal de México se llama Impunidad.

    Y uno pensaría que esa era una exclusividad priista, pero ocho años de panistas en Los Pinos nos han enseñado que no es así. Es posible que la derecha católica gobernante, en ciertos aspectos, sea aún peor porque al cinismo característico de los priístas de antaño, contrapone la hipocresía y la doble moral.

    Un saludo

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